Ronin. Asesino de samuráis. Capítulo 2

Capítulo 2

 

Apenas podía entender lo que ocurría a su alrededor. El olor a carne quemada. El crepitar del fuego. Los gritos de los aldeanos. El relincho de un caballo. Los aullidos de los ronin. Sobre ellos podía escuchar las carcajadas de Takeshi mientras las flechas silbaban apenas a un palmo de su cabeza.

—¡Adelante! ¡Matad sin piedad!

Tres jinetes cargaron contra los arqueros que disparaban hacia su líder, forzándoles a desbandarse hasta que varios lanceros los abatieron cargando en dirección contraria. Otros daban caza a los aldeanos, derribándolos con sus espadas o empalándolos con sus lanzas. Los cuerpos de los cuatro guardias que defendían el lugar yacían desfigurados, barridos tras la carga inicial.

Una mujer que corría con un bebé en brazos cayó atravesada por una flecha en la espalda, mientras varios ronin empujaban con sus lanzas a una familia que intentaba escapar de una casa en llamas. Otro guerrero derribó de un tajo a un hombre herido que gateaba para escapar. Frente a él pasó un niño clamando por su padre mientras huía de otro ronin que, espada en alto, le seguía sosteniendo la ensangrentada cabeza de una mujer.

Un hombre envuelto en llamas corrió hacia ellos aullando de dolor, hasta caer de bruces al suelo bajo el corte de una katana. Se trataba de la mujer que había visto antes.

—La resistencia ha terminado. La aldea es nuestra —dijo la mujer, dirigiéndose a Takeshi.

—Buen trabajo. Podéis divertiros.

La mujer asintió y cabalgó hasta desaparecer en la infernal escena.

Observó la expresión de Takeshi, que contemplaba las llamas con el orgullo de un artista que había completado su obra. Rugió una orden, pero los gritos de clemencia de los aldeanos, ahogados en acero, le impidieron escuchar de qué se trataba.

—Vamos —dijo Sanjuro—, tirando de la cuerda.

Se encontraba demasiado abrumado para obedecer o resistir, pero sus pies comenzaron a moverse, como si hubieran querido quitarle el peso de la decisión.

—¡No, por favor!

Los gritos de una mujer, acompañados del desgarre de un kimono, lo sacaron de su estupor. A su derecha vislumbró la figura de un anciano que, sangrando por la boca, intentaba sacar en vano una lanza clavada en su estómago, antes de caer de costado sobre otro cadáver.

—¡Mátalo! ¡Mátalo!

Un ronin animaba a su compañero adolescente, cuya hoja temblaba entre sus manos, a conseguir su primera muerte, mientras un aldeano con el brazo cercenado luchaba por mantener el conocimiento. A su derecha, una mujer con el ojo vaciado de un golpe arrastraba del brazo a un hombre que apenas podía sostener sus intestinos, cuando un jinete la derribó de un tajo con su espada, arrojándola de cara contra la pared de una casa.

Cuando volvió a mirar al frente, encontró una calle salpicada de cadáveres. Reparó en un ensangrentado kedama, un pequeño martillo de madera unido a una bola mediante un hilo, como el que usaba su hijo para jugar. El derrumbe de otra casa en llamas pronto lo cubrió de escombros.

Dos figuras ataviadas en kimonos de manga ancha, un hombre y una mujer, se asomaban por la esquina de una calle intentando buscar una salida. Takeshi había localizado una presa.

—Sanjuro. Espera aquí. Asegúrate de que los hombres no se maten por el botín o las mujeres. Jubei, ven conmigo.

Desmontó para acercarse a ellos, espada en mano, mientras Jubei, el hombre de la Máscara de Bronce, le siguió a caballo.

Jiro miró a su captor. Su rostro no escondía la repugnancia que todo aquello le producía, incluso antes de que Takeshi se hubiera alejado del lugar.

Quizá pudiera utilizar aquello. No tenía nada que perder.

Comenzó a balbucear en dirección a Sanjuro. La mordaza le impedía comunicarse, pero todavía podía transmitirle un sentido de urgencia a su petición.

El espadachín lo miró de reojo y procedió a ignorarle.

—¿Quieres que lo haga callar? —le preguntó uno de sus ayudantes.

Poco le importaba ahora un golpe. Continuaría con sus ahogados gritos hasta que le dejaran inconsciente.

—Quítale la mordaza. Ya no puede alertar a nadie —ordenó Sanjuro.

El ayudante frunció el ceño, pero obedeció la orden, liberándolo de aquella asfixiante pieza.

—¿Qué es tan urgente? —preguntó Sanjuro, sin dirigirle la mirada.

—Te vi librar un duelo en mi aldea. Sé quién eres.

Apenas las palabras abandonaron su boca se arrepintió de haberlas dicho. Si Sanjuro recordaba el lugar, habría puesto en peligro a Noriko. Ahora debía confiar en que su instinto estuviera en lo cierto.

—¡Este no es tu lugar! ¡No eres como ellos!

Sanjuro volvió a mirarlo de reojo.

—¡Puedes detener esto! ¡Puedes acabar con ese asesino!

—Insolente —replicó el ayudante mientras cerraba el puño para descargar un golpe.

Sanjuro desenvainó una de sus espadas, interponiéndose entre ambos con su caballo. A continuación lo miró a los ojos con rostro inescrutable.

Había sido un necio. Ahora tendría que matarlo para limpiar cualquier rastro de deslealtad. Su vida terminaría allí.

Cerro los ojos el instante en que Sanjuro descargó su arma, llevándose las manos a la cabeza, pero apenas sintió una ráfaga de aire. Pronto llegaría el dolor. O quizá no.

La cuerda acarició su muslo, cortada de un tajo por aquella exótica espada.

Sanjuro se dirigió a él, ante la atónita mirada de su ayudante.

—Regresa con tu señor, y cuéntale lo que viste aquí.

No lo pensaría dos veces. Si quería volver a ver a Noriko, tenía que huir de aquel lugar antes de que Sanjuro cambiara de opinión.

Volviendo sobre sus pasos, un jinete se cruzó en su camino arrollando a un hombre que intentaba escapar. A sus pies yacía el cadáver de un joven con una herida en la espalda, abrazado al cuerpo de una mujer que había muerto de la misma estocada. A lo lejos, podía escuchar el llanto de un bebé junto a las voces de varios ronin que discutían por el botín, mientras uno de ellos sacaba a rastras a una mujer de mediana edad agarrándola por el cabello.

Corrió en dirección al lugar por el que habían cargado los jinetes cuando su respiración se detuvo. Sintió un pinchazo en la base de la nuca hasta atravesarle la garganta. Sus rodillas tocaron el suelo antes de caer de bruces. La humedad se extendió por su rostro. Apenas podía escuchar la voz de Sanjuro.

—¡Kotaro, maldita sea!

—¡Estaba escapando!

—¿No me viste cortarle la…?

La oscuridad descendió a su alrededor, hasta sumirlo en un sueño sin sueños.

 

***

 

Dos figuras ataviadas en kimonos de manga ancha, un hombre y una mujer, se asomaron por la esquina de la calle intentando buscar una salida. Takeshi sonrió al verlos. No tenían escapatoria. El fuego y la presencia de otros ronin en los alrededores bloqueaba cualquier vía de escape.

Desmontó para caminar hacia ellos, espada en mano, mientras Jubei le seguía de cerca a caballo.

La pareja quedó paralizada al verle emerger del fuego. Disfrutaría alimentándose de su terror. La luna se reflejaba en la alfombra de sangre tejida por los cadáveres aledaños. Cada una de sus pisadas emitía una leve ondulación que, unida a los gritos de horror que inundaban la aldea, anunciaba la llegada del heraldo de la muerte.

La mujer, superando su miedo, dio un paso al frente y extendió los brazos.

—¡Detente! ¡Si alzas la mano sobre mi señor lo lamentarás, perro miserable!

Lo que podría haber sido una bofetada de tener la mano desnuda, con la espada se convirtió en un revés que decapitó a la mujer con tal violencia que su cabeza cayó a varios pasos del lugar donde se encontraban. Su cuerpo se mantuvo en pie por unos instantes, sangre brotando de su cuello, hasta que lo apartó a un lado para continuar caminando hacia el hombre.

—¡No sabes lo que haces! ¡Si me tocas desearás no haber nacido!

Podía gritar hasta quedarse sin voz. Ya se tratara del más poderoso señor de la guerra o del mismísimo shogun, ningún linaje le protegería cuando había decidido segar una vida. Peor aún: ni su porte, atuendo o forma de hablar revelaban un linaje noble como parecía afirmar. Y si había algo que detestaba más que las amenazas, eran aquellas que se lanzaban vacías.

Sin mediar palabra, Takeshi le hundió el acero en el estómago. El hombre se dobló, escupiendo sangre y llevándose las manos al pomo de la katana. El ronin giró la hoja en su interior, sonriendo ante su agonía, y forzándole a hincar las rodillas. Después abandonó la katana hundida en su cuerpo para situarse a su lado y, llevándose la mano al oído, se inclinó hacia él.

—¿Qué decías? ¡No te oigo!

Temblando de dolor, el hombre alzó su mano derecha para sacar un colgante que tenía bajo el cuello del kimono.

Un poco tarde para sobornos.

Le arrebató el colgante de un tirón y le propinó una patada que lo envió al suelo de costado. El colgante consistía en un aro de jade de color negro, aunque con un ligero resplandor verdusco. De ser auténtico, podría venderlo por una suma nada desdeñable.

—Takeshi…

Se giró hacia su compañero. Sin desviar su mirada del colgante, Jubei emitió un profundo suspiro.

—¡Ni abras la boca! —rugió Takeshi—. No sé qué significa este colgante pero me importa poco si he matado al hijo del emperador o a la mismísima encarnación de Buda. Un acero hambriento no hace distinciones.

Jubei se separó de su máscara de bronce, revelando el endurecido rostro de un hombre que tendría unos cuarenta años. No recordaba la última vez que lo había visto sin ella. Aquello que se dispusiera a decirle debía ser peor que todos los escenarios que ya había imaginado.

—Esto nos va a salir caro.

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