Yamanote 10: El viejo de las bicis

JY10. KOMAGOME. EL VIEJO DE LAS BICIS

Viví durante un tiempo cerca de la estación de Komagome. En frente del paso a nivel de la vía había un taller de bicicletas regentado por un viejo. Cuando pasábamos mi novia y yo por delante, camino de la estación, siempre intercambiábamos comentarios sobre aquel particular anciano.

Como mejor lo recuerdo es agazapado sobre una bicicleta estropeada, dedicándole la misma concentración que un doctor a su paciente. Para él arreglar un pinchazo tenía la misma importancia que para un cirujano extirpar un tumor. De rostro adusto y de expresión dura, tenía un carácter seco y distante. Nunca te miraba directamente, no eras tú quien le interesaba, sino tu bicicleta. A estas dedicaba toda su atención y concentración. Creo incluso que hablaba con ellas, pues más de una vez percibí movimiento en su boca mientras empujaba a alguna por el manillar. Se movía con pasos cortos y rápidos, la cabeza gacha y la espalda encorvada. Todas las mañanas colocaba una larga hilera de bicicletas en la puerta del taller, para meterlas concienzudamente a la hora de cerrar. Al día siguiente las volvía a sacar una a una. Practicaba esta rutina todos los días de su vida.

Solo descansaba los miércoles. Lo que hacía ese día no puedo saberlo. Un miércoles pasé por delante de la tienda y vi una rendija de luz bajo la cancela de metal. Las bicicletas eran su vida, todo lo que le hacía feliz. ¿Por qué pasar su día de descanso lejos de ellas?

Tres veces usé sus servicios. La primera para que arreglara la cadena. Tuve un pequeño accidente porque se salió en plena cuesta arriba. Me dijo que para arreglarlo había que abrir el protector de la cadena y cambiarla por otra, y que sería un poco caro. No era mi bici, sino la de mi novia, así que se empeñó en pagarlo ella. Dos mil yenes. La segunda, para solicitar el número de registro de una pequeña bicicleta usada que había comprado. La tercera, para que me arreglara un pinchazo que había sufrido la rueda trasera de esa misma bicicleta. Tras analizar la rueda, me dijo sin mirarme:

– Esta rueda ya no sirve. Hay que cambiarla.

El arreglo era más caro de lo que había pensado; de hecho, casi lo mismo que lo que me había costado la bici. Así que le dije que me lo pensaría. Por un poco más podía buscar una bicicleta de segunda mano. Pensé en vender la bicicleta accidentada, pero por circunstancias no lo hice y me limité a dejarla en el aparcamiento. Puede que siga allí todavía.

Poco después me dejó mi novia y me mudé a otra zona. Aunque durante un tiempo me dediqué a transitar las inmediaciones de la estación haciéndome el encontradizo, ahora nunca voy por allí por no coincidir con ella. Solíamos comprar en las tiendas alineadas en la calle que discurre junto a la vía; supongo que ella seguirá yendo allí.

Por eso hace años que solo pasó por la estación de Komagome subido en el tren, cuando uso la línea Yamanote. Siempre intento atisbar el taller de bicicletas desde la ventanilla del vagón para comprobar si el viejo todavía sigue allí. Por desgracia, un enorme cartel publicitario cubre todo el campo de visión. El anuncio se va renovando cada cierto tiempo. Ahora aparece Hiroyuki Sanada bebiéndose una Asahi.

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