Hasta que el Último Cerezo Caiga | CAP 1
Capítulo 1: La Capital de los Sueños y las Espadas
La capital, Kioto, se alzaba bajo un cielo de cobalto pálido, más como un pergamino antiguo y frágil que como el corazón latente de una nación; era un crisol de seda y sangre, donde la sutil belleza de los jardines imperiales se ahogaba bajo el peso invisible de la desesperación política, el aire, denso con el aroma del incienso y la traición, contenía la respiración helada de la era actual; un tiempo donde la lealtad no era más que una promesa efímera escrita con tinta sobre agua, yo respiro ese aire y siento cómo sus venenosos efluvios se enredan en mis pulmones, una caricia letal que anticipa la fiebre, cada suspiro de esta ciudad es un recordatorio: todo lo que es bello está condenado a desvanecerse.
En aquel escenario de majestuosa decadencia arribó la banda de rōnin que se había bautizado a sí misma como Roshigumi. Eran espadas sin amo, lobos errantes cuya existencia se justificaba con la noble pero engañosa misión de proteger al Shogun. Entre las figuras recias que marchaban con la gravedad de quien presiente su propio destino, tres personalidades definían el alma contradictoria del grupo. Yo camino entre ellos, una hoja más en este bosque de acero, pero mi filo es distinto; está afilado con la urgencia de lo que se desvanece.
A la cabeza, Kondō Isami, portaba la luz inquebrantable de la convicción. Su temple era la roca sobre la cual todos se apoyaban; un líder carismático cuya fe en la causa del Bakufu era tan vasta como su imponente espalda. Él no era solo el maestro de la escuela Tennen Rishin-ryū, sino el padre espiritual que había prometido una mañana de orden a todos sus hijos adoptivos, sin importarles el costo de la sangre que debían derramar para abonar esa quimera. Él miraba la ciudad con la fiereza de un guardián y el orgullo simple de quien cree poseer la verdad absoluta. Su voz, cuando se vuelve hacia mí, es un baluarte contra mi propia niebla interior.
-Nuestra voluntad se grabará en los cimientos de esta ciudad, Sōji. -Declara, y su tono es como el sonido de una campana en un templo lejano, solemne y distante. -El mundo puede tambalearse, pero nuestro juramento permanecerá. Eres el alma de esta espada que forjamos, no lo olvides.
Yo inclino la cabeza, y la sonrisa que ofrezco es una cosa ligera y afilada, un cerezo de papel.
-Mi espada es tu voluntad, Kondō. Si Kioto debe ser nuestro pedestal o nuestra pira, al menos el fuego será rápido y brillante.
Las palabras saben a hierro en mi lengua. Él solo ve el destello del acero; no la grieta que se propaga, lenta e implacable, desde el núcleo de mi propio ser.
Flanqueando, como una sombra de acero forjada en la disciplina más severa, caminaba Hijikata Toshizō. Con un rostro cincelado por la ambición y los ojos tan oscuros y cortantes como el invierno en el norte, ella era la voluntad de hierro que convertiría a ese grupo de rōnin en una fuerza temida. No había en ella vestigio de la suavidad que se le atribuía a su sexo; era la estratega implacable, la personificación gélida del deber, cada gesto, cada orden, era un golpe de martillo sobre la incandescencia del honor, forjándose en las estrictas normas que pronto harían de su Roshigumi el terror de Kioto. Su mirada se posa en mí, y es un examen frío, un diagnóstico de utilidad y defecto.
-Tu pie izquierdo retrocedió un centímetro al desmontar, Okita. -Dice, su voz un corte limpio y sin emoción en el aire húmedo. -La fatiga es un lujo, la enfermedad, una traición. Si tu cuerpo flaquea, que tu mente sea más dura que el hierro, mientras lleves ese uniforme, tu vida no te pertenece, es un instrumento de la causa. Actúa como tal.
Asiento, y la tos que siento agitarse en mi pecho es una bestia que domesticó con ferocidad.
-Sí, Vicecomandante, ordenas y obedezco. -Su pragmatismo es un espejo cruel que refleja la verdad que Kondō se niega a ver: soy un arma con fecha de caducidad.
Pero la visión de la Ciudad Imperial caló con una intensidad totalmente diferente en mí, Okita Sōji, la capitana de la Primera División, la más joven y, para muchos, la espadachina más letal. Mi esbeltez contrasta con la hoja desmesurada que siempre cargo, y la quietud implacable de mi técnica se desmiente por la sonrisa eterna que parece flotar sobre mis labios. No miro los palacios ni los templos con ambición o cálculo; yo miro la fugacidad, la capital milenaria era, para mí, una obra de arte pintada con colores vibrantes que el tiempo estaba a punto de disolver.
Desde la penumbra de un corredor, Yamanami Keisuke observa. Sus ojos, los únicos que parecen ver más allá de la espadachina, hasta la joven que se deshace. Se acerca, y su presencia es como el susurro de un pergamino de poesía en una sala de armas.
-El cerezo en el jardín del cuartel está en flor, Okita. -Murmura, su voz un bálsamo contra el filo de Hijikata. -Es una pena que solo lo contemplemos como soldados. Hay una belleza en su caída que no tiene nada que ver con el deber o el honor, es simplemente… belleza, merecedora de ser admirada, no de ser manchada.
Su mirada es una invitación, un camino alternativo trazado con tinta y melancolía. Un camino que huele a té y a libros, no a pólvora y sangre. Un camino que promete paz, no una muerte gloriosa. Y por un instante, un instante de traición imperdonable, permito que mi sonrisa se suavice y se vuelva real.
-Debe ser hermoso. -Susurro, y en mis palabras hay un anhelo que podría derribarme más rápido que cualquier enfermedad.
-Lo es. -Responde él, y en el silencio que sigue, su oferta flota entre nosotros, tan frágil y peligrosa como el capullo de una flor en un campo de batalla. Es la promesa de un amor, de una lealtad que no conduce a la fatalidad.
Pero entonces, en el umbral opuesto, una silueta se recorta contra la luz mortecina, Saitō Hajime, no dice nada, sus ojos, profundos y serenos como un lago nocturno, se encuentran con los míos, no hay juicio en ellos, ni poesía, ni súplica. Solo un reconocimiento quieto, una comprensión mutua, forjada en las sombras donde se esconde el mismo dolor, su presencia es un recordatorio mudo: algunos caminos, una vez emprendidos, no admiten desvíos, su lealtad, como la mía, es una cadena y un escudo, y en su silencio, escucho la única verdad que importa ahora: estamos atados a este destino, y caeremos con él.
La capital de los sueños y las espadas me recibe, y yo, Okita Sōji, sonrío mientras la fatalidad se cierne, dulce y oscura, como el canto de un ruiseñor en la víspera de la destrucción.
Kioto era una epifanía para mí, una verdad que se desplegaba como una revelación divina, como un diagnóstico terminal. La visión de los cerezos tardíos en flor, sus pétalos teñidos de un rosa pálido y agonizante a pesar del inminente estío, era un recordatorio poético y cruel del Mono no aware que ya residía en mi pecho como un hueso extra, la tristeza de las cosas, la empatía por lo efímero, latía en mí con más fuerza que mi propio corazón, aunque la enfermedad física aún se ocultara, una semilla dormida en la tierra oscura de mis pulmones, mi alegría, esa chispa pura de asombro que encendía mi rostro ante la belleza mundana de un gato durmiendo al sol o del vapor elevándose de un tazón de té, era un desafío luminoso y desesperado a la pesada atmósfera política que nos ahogaba. Mientras los otros sentían el nudo de la responsabilidad o la emoción embriagadora de la inminente lucha, yo sentía la tristeza exquisita de la transitoriedad, un dolor tan agudo y hermoso que casi podía saborearlo, como el regusto amargo de los pétalos de cerezo después de la lluvia, qué hermosa es esta ciudad, pensó mi corazón impetuoso y enfermo, y qué pronto morirá, o moriremos nosotros por ella, y tal vez no haya diferencia alguna entre ambas muertes.
En el interior sombrío del cuartel provisional, esta dualidad se manifiesta en la práctica diaria del esgrima, el único lenguaje en el que jamás dudaba, el único dialecto en el que mi cuerpo y mi voluntad fundían su fractura en un solo filo perfecto.
Aquel crepúsculo, él dōjō era una caja de resonancia para el roce áspero del bambú y el golpe seco de las estocadas, un sonajero de muerte que espantaba el silencio, el aire olía a sudor, a madera vieja y a la humedad fría que se filtraba de las piedras, mi oponente era Saitō Hajime, el silencioso capitán, cuya presencia era siempre una pregunta sin respuesta, un kanji tallado en un bloque de hielo. Si Hijikata era el invierno helado, Saitō era la sombra de la luna en una noche sin estrellas: existía, se movía con una economía de gestos que era en sí misma una amenaza, y dejaba a su paso un rastro de frialdad y misterio impenetrable.
El duelo de entrenamiento se desarrolló como una danza tensa y mortal entre el relámpago y el silencio. Yo, la prodigio, atacaba con una velocidad que me convertía en un remolino de aire, en un torbellino de movimientos que buscaban más que golpear, desgarrar esa quietud insoportable. Mi técnica era fluida, casi juguetona en su apariencia, pero cada arco que trazaba con mi shinai era mortal en su intención, un canto a la fugacidad que yo misma encarnaba. Saitō, por el contrario, no atacaba; él esperaba. Permanecía inamovible, una estatua de granito en el flujo de mi tempestad, su shinai, una prolongación natural de su quietud, una rama de roble que interceptaba cada uno de mis golpes con una precisión que rozaba lo sobrenatural, lo inhumano.
Falla. Falla. Frustración.
Mi sonrisa, esa máscara fija de ligereza, se tensó en las comisuras, no por la rabia del guerrero herido en su orgullo, sino por esa intriga melancólica que me provocaba su impasibilidad. El silencio de Saitō me frustraba más que cualquier derrota; era como intentar debatir con un espejo en una habitación oscura, un espejo que sólo devolvía mi propia imagen, distorsionada por el sudor y el jadeo de mis pulmones. Él no pronunciaba juramentos grandilocuentes ni confesaba motivaciones profundas; solo el filo silbante del bambú cantaba en sus manos, una canción sin letra que yo no podía descifrar.
-Te precipitas. -Fue el único comentario que Saitō dejó caer, su voz baja y grave como el sonido de una piedra cayendo en un pozo profundo y olvidado, cuando el duelo terminó en un estancamiento que saboreó la derrota. Sus palabras, una observación fría, que tocaba lo profundo de mi cabeza, un dato registrado en el libro de su mente implacable.
Respiro agitadamente, el vapor de mi aliento se eleva como un tenue fantasma en el aire frío del crepúsculo, y siento el sabor a cobre y a hierba podrida en el fondo de mi garganta, el sabor de la semilla que empieza a germinar. Odiaba, con un fervor que me ardía en las venas, mi propia incapacidad para leerlo, para romper esa armadura de apatía glacial y encontrar algo, cualquier cosa, que se pareciera a una grieta, a una humanidad compartida. En él no había emoción visible, solo una eficiencia pura y desoladora que hacía dudar de la veracidad de mi propio fuego, de la solidez de mi propia hoja.
Desde la plataforma elevada, Kondō observaba. Su mirada era la del comandante analítico, y la del padre satisfecho que contempla a su hija predilecta. Había una calidez profunda, casi ciega, en sus ojos oscuros que se enfoca solo en mí, en su espadachina estrella, él se regocijaba en mi fuerza aparente, en la juventud que despilfarraba en cada movimiento y en el ardor de un espíritu que creía indomable, sin percibir, aferrado a su sueño de gloria, la fragilidad de cristal que esa misma vitalidad ocultaba, para Kondō, yo no era una joven con los pulmones carcomidos; era la promesa viva de su éxito, la espada más brillante y afilada de su lealtad, un instrumento perfecto en la sinfonía de su causa. Y al cruzar su mirada con la mía, sonrío de nuevo, ampliamente, dejando que el resplandor de esa sonrisa lo ciegue a la sombra que me sigue, a la losa que, lenta e inexorable, empieza a pesar sobre mi pecho. Él ve un cerezo en flor. Yo solo veo los pétalos, ya cayendo.
Cuando la penumbra se adueñó por completo del cuartel, ahogando los últimos ecos de los golpes de espada y las voces ásperas, la tensión latente de Kioto se hizo más aguda, más personal, como una cuerda de arco invisible tensándose alrededor de mi pecho. Las espadas, guardadas con él repuso ceremonioso que se le debe a la muerte, descansaban en sus soportes, pero su silencio era más elocuente que cualquier canto de batalla. Yo estaba sentada en el borde de un engawa, el suelo de madera frío a través de mi hakama, observando cómo los primeros destellos pálidos de la luna se enredaban en las ramas de un pino solitario en el patio desierto. Era en estos momentos de quietud, cuando el espectro del Deber aflojaba su agarre, cuando la niebla dentro de mí se elevaba, revelando el paisaje yermo de mi propio porvenir.
Fue entonces cuando una presencia, más suave y deliberada que la de cualquier otro camarada, se acercó. No era el paso firme de Kondō, ni la pisada sigilosa de Saitō, ni el crujido severo de Hijikata, era el arrullo de un susurro contra el tatami.
Yamanami Keisuke, el intelecto sensible del grupo, un hombre cuyos ojos, del color de la tinta diluida, llevaban el peso abrumador del conocimiento y la duda, Yamanami no era un hombre hecho para el fragor ciego de la batalla; su espíritu estaba tejido con la fibra de los filósofos y los lectores, y nuestra amistad, un brote frágil en un campo de sangre, había florecido en el terreno inesperado y fértil de las mentes que dudan, de las almas que perciben el gris en un mundo de blanco y negro absolutos.
Se acercó a mí con un movimiento que era casi una disculpa, una intrusión en mi soledad consentida, y extendió un pequeño objeto envuelto en seda cruda, un paquete que parecía contener un fragmento de un mundo alternativo.
-He notado tu fascinación por la ciudad, Okita. -Susurró, su voz un murmullo que no perturbaba el silencio de la noche, como el rumor de un arroyo lejano. -Kioto es un lugar donde la poesía se ha derramado por siglos, como la savia de un árbol antiguo. Te he traído esto.
Mis dedos, habituados al frío áspero del tsuka de mi katana, encontraron el objeto, era un libro pequeño y delicado, encuadernado en papel de arroz tan fino que temí que se deshiciera al tocarlo, una antología de poesía clásica de la era Heian, al recibirlo, sentí una oleada de dulzura tan abrupta y profunda que me dejó sin aliento, una sensación que la vida del guerrero rara vez me permitía, como si me hubieran ofrecido un sorbo de agua fresca en el desierto de mi propia existencia, el peso del libro en mis palmas era distinto al peso familiar y mortífero de mi espada; era el peso del Sentimiento, de lo no dicho, de la belleza que no sirve para nada más que para ser contemplada antes de morir.
-Son versos sobre flores que se abren solo una noche y sobre la luna que ilumina a los amantes separados. -Explicó Yamanami, y había en su mirada una tristeza compartida, un entendimiento que no tenía nada que ver con la causa del Shogun o el honor del Shinsengumi. Era una tristeza más antigua, más pura. -Sobre amores que terminan antes de que el verano se disuelva en el otoño, dejando solo el aroma de un recuerdo.
Levanté la mirada hacia él, y por primera vez esa noche, la sonrisa que surgió en mis labios fue real, desprovista por completo de la fachada de la guerrera despreocupada, no hubo necesidad de palabras, una conexión silenciosa, tan tangible como el libro entre mis manos, se estableció entre nosotros; la certeza sombría de que ambos veíamos, bajo la pesada armadura del deber, la misma belleza melancólica condenada al sacrificio. Él me ofrecía un refugio de palabras, un bote de papel para navegar el río de mi propia fugacidad, el libro no era solo un regalo; era la primera nota, dulce y desgarradora, de una sinfonía trágica, el inicio clandestino de una intimidad intelectual que, lo sabía en el fondo de mi alma enferma, pondría a prueba cada juramento de lealtad que había hecho a la espada.
Mientras la luna, testigo plateado e indiferente de todas las promesas rotas de la capital, bañaba el patio con su luz lívida, yo sostenía el libro de poesía en una mano, sus páginas llenas de susurros de una belleza ya extinta, y con la otra, sentía el frío familiar y exigente del mango de mi katana. Los Roshigumi llegamos a Kioto para luchar, para tallar su nombre en la historia con acero y sangre. Pero para mí, Okita Sōji, el verdadero campo de batalla, el más despiadado y silencioso, acababa de ser delimitado. Y no se encontraba en las calles emboscadas de la ciudad, sino en el espacio diminuto y fatal que mediaba entre el latido febril de mi corazón y el filo implacable de mi hoja. Un espacio que, ahora, contenía un libro de poemas.
Saludos, esta es una obra que deseo publicar, por recomendación de Quaterni estaré publicando por aquí.