El tigre de los Nobuoki CAP. 2

CAPÍTULO DOS

Si todo fuese un sueño.

El estruendo de las pisadas corriendo sobre la madera fue en aumento hasta que de la puerta del salón apareció Haruto empuñando un bate de béisbol.

–¡Qué! ¡Qué ocurre! Haala, tu padre todo por el suelo…

Haruto dejó el bate apoyado contra la pared, encendió la luz y se apresuró a recoger las cenizas del suelo con las manos, sin percatarse del ser que estaba a su lado. El exceso de luz cegó momentáneamente a Takehiko, pero ahora podía ver nítidamente los colores, las rayas del pelaje, el ámbar de los ojos fijos, el azul de su túnica emparejada al blanco, la cinta roja de cascabeles y la lengua rojo sangre asomando entre hileras de sierras nevadas.

–Eh, Take, no te quedes ahí pasmado y ve a por el recogedor. Takehiko…

Ante el silencio del chico, Haruto levantó la vista de aquel campo gris. El tío pudo ver entonces la cara pálida de terror de su sobrino que seguía mirando un punto fijo, pero que no era a él, sino junto a él.

–Qué pasa…

Su voz salió lenta, pesada, sentía que había algo a su lado y de pronto todo su cuerpo se puso rígido. Girando la cabeza poco a poco, pero con una mirada rápida, observó alrededor recorriendo cada esquina de la habitación.

–Uff –suspiró el tío después de no ver nada anormal en la noche–. Solo es el dios –y comenzó de nuevo a recoger las cenizas–. ¡Espera! ¿Es que acaso puedes verlo? A este ser con la cabeza de tigre…, ¿puedes verlo?

–… –“¿Dios?”, pensó Takehiko mientras luchaba contra la tensión de su cuerpo que le obligaba a permanecer quieto en el suelo. “Sí, ha dicho dios”. Takehiko sentía un gran vértigo que obligaba a su mente a danzar entre la barrera de lo real y el sueño. Sentía que podía desmayarse en cualquier segundo y eso le asustaba mucho más.

El ser se acercó por detrás hasta el hombro de su tío Haruto y, sin mover un solo músculo de su expresiva cara de tigre, le susurró a la altura del oído:

–Puede verme, ¿verdad? –Su tono advertía cierto temblor, como el del niño que sabe que ha hecho algo mal y que será reprendido por la madre.

–Eso parece –Haruto giró lentamente la cabeza sin despegar la mirada de su sobrino hasta que se dio de bruces con el hocico del tigre–. Aish, ¡me has asustado! Quítate de una vez ese cabolo, ¿es que siempre tienes que ir así cuando merodeas por ahí?

Takehiko seguía tirado en el suelo. La mirada perdida, la tormenta en su mente. Ahora miraba a ambos, su tío se peleaba con aquel ser con el que parecía amistar.

¿Dios? ¿Cabolo? ¿Siempre?

Las palabras iban y venían, rebotaban dentro de su mente, chocaban, generaban imágenes que se superponían a las que sus ojos le estaban mostrando como verdaderas hasta formar una única frase:

–¿Qué diablos está pasando?

La frase traspasó la frontera mental y logró escabullirse de entre los labios cayendo como miel en el mismo momento en que el tío le arrancó de cuajo la cabeza a aquel al que llamó dios. La pareja se quedó inerte. Haruto, con los ojos abiertos y el temor en su rostro, sujetaba en alto la gran cabeza del tigre, mientras que el intento de recuperarla por parte del ser descabezado logró romper la forma del silencio.

–¡Vale ya! –Haruto se movía de un lado a otro esquivando al tigre, ágil, pero sin las suficientes fuerzas como para enfrentarse al músculo del tío–.  Mira lo que estás causando, Takehiko está aterrado. Preséntate como es debido.

El ser desistió de recuperar la cabeza de tigre, miró a Takehiko y comprendió su terror. De pronto sintió como un fuego salvaje se esparcía por su interior quemando todo a su paso, y agachó la cabeza. Quiso acercarse, pero decidió quedarse. Sentado de rodillas hizo una leve inclinación de cabeza:

–Encantado, soy el Dios tigre, morador de este templo. Dios de la misericordia y los desamparados. Hacedor de bien, recaudador de tristezas. El primero en estar y el último en ir. Aquel que te debe socorrer.

Takehiko no apartó la mirada de aquel ser desde que consiguió volver de su tormenta mental. Escaneó de arriba abajo a aquel “tigre”. Nada parecía permanecer de ese apelativo en su figura desde que su tío Haruto lo descabezó. Sin embargo, de aquel acto tan atroz como es el de desmembrar a un ser, el chico solo pudo ver algo hermoso. Cabellos negros cayeron largos y sedosos sobre los hombros de seda y lino. Lisos y estrechos, como las varillas de incienso que se deshacen en los cuencos del templo. Cuando incidía la luz sobre ellos el negro adquiría una tonalidad índigo, y Takehiko juró ver toda una galaxia en las mareas oscuras que formaba el pelo de aquel ser mientras bailaba en círculos con su tío como estrella central. Era joven, no tan joven como él, pero sí como su tío. “Quizás por eso parece que se llevan tan bien”, pensó Takehiko. Era de altura parecida a la de ellos dos, “algo más bajo que yo debe de ser, sus ojos besan los labios de mi tío”.

El kimono no permitía apreciar la figura entera del joven, pero sus estrechas muñecas y cuello daban una sensación. Su piel era blanca, blanca como la nieve que ha caído mientras nadie habita el mundo real y está pura, libre de todo pecado que dejan las huellas de los que estamos aquí. Takehiko pensó que su rostro era de proporciones exactas, simétrico y perfecto en lo visual. Los labios se mantenían rojos como contraste a la tez, su nariz se levantaba grácil y estrecha, y sus cejas eran rectas y negras. Sin embargo, lo que más cautivó a Takehiko, lo que realmente le hizo comprender que se hallaba ante un ser que no pertenecía a su mundo terrenal, fueron sus ojos. Rasgados y de forma fina y limpia, sus párpados albergaban dos perlas cuyo centro danzaba entre el gris y el morado, como un campo de lilas siendo zarandeadas en un día de tormenta. Cuando hicieron contacto con sus oscuros ojos, Takehiko notó algo dentro de sí, algo extraño, como si todo su interior se encontrara fuera de allí, lejos, muy lejos, en un lugar vacío, tranquilo, sin opción a temores. Parecido a vagar por el océano con la mirada fijada en lo más alto de la bóveda mientras levitas en una fina línea ondulante.

Su cuerpo estaba envuelto en un kimono ligero y de colores simples que abrazaban los tonos azules y blancos. De él, un olor se desplegaba en forma de aura, pero no era colonia, tampoco parecía proceder de su ropa. Takehiko juró que su procedencia era la de la misma piel del dios, y notó entonces que el tenue perfume correspondía a incienso, que, como este, salía de su figura de forma sinuosa desplazando el ambiente del momento para retrotraerse de nuevo en sí mismo.

Takehiko se quedó extrañado, no sabía qué sentir. Entre vértigos dudaba de todo. Haruto, al verle intentar procesar toda la información recibida, quiso ayudar y se acercó a su sobrino.

–Take, es normal que te sientas abrumado, pero si escuchas con tranquilidad y de forma abierta, podrás entenderlo todo.

Takehiko se deslizó por el suelo hasta llegar a la urna de su padre y comenzó a recoger las cenizas esparcidas sin tener nada en su mente. Haruto vio como los dedos de su sobrino se coloreaban y lo alcanzó, agachándose a ayudarle. Recogiendo las cenizas podían sentir los huesos entre sus dedos, como si estrechasen la misma mano de Izanami. Haruto se estremeció y recordó cuando su hermano le cogía de la mano al volver a casa del colegio. “Es irónico, me cogías la mano para protegerme y ahora no eres más que esto”, pensó.

 

Comenzaba a salir el sol cuando Takehiko montó en su bicicleta y puso rumbo a la universidad. El sol no había tenido tiempo de difuminar la niebla ni de secar el rocío que ahora mojaba el vaquero del chico cuando este se encontraba ya rasgando el viento.

La humedad calaba en la ropa de Takehiko sin que tuviera tiempo de importarle. Dentro de su mente no podía parar de pensar en todo lo sucedido el día anterior. El día anterior fue cuando su padre, quien días antes estaba despierto para prepararle el desayuno y despedirle, fue reducido al recuerdo, un recuerdo que le atenazaba la garganta cada vez que entraba en la cocina a hacerse el desayuno. Pero también fue el día en el que el ser de sus sueños se presentó ante él, y no precisamente el ser de sus sueños agradables. El chico comenzó a recrear la escena una y otra vez en lo más hondo de su mente. La humedad de la noche calando en su cuerpo, las cenizas de su padre desplegadas como un firmamento, la cabeza del monstruo y como su tío se la arrancó, como en una especie de cuento de hadas, para liberar a un hermoso príncipe venido de un lugar celestial cuyos cabellos de mareas estelares fueron atrapados en un hechizo personificado en los cascabeles que ataban su muñeca.

Cuando se despertó su tío todavía dormía, lo normal era que hasta las doce no se levantase. Takehiko tardó unos segundos en recordar lo pasado y salió de su habitación con la certeza de que se encontraría a aquel extraño en cualquier rincón de la casa y, sin Haruto junto a él, esa situación no hacía más que provocarle un dolor intestinal como reflejo de la pesadez de su cerebro. Sin embargo, aquella mañana, Takehiko se encontró solo en el cerúleo de la madrugada. Ni rastro del ser. Se hizo el desayuno y cogió algo para la hora de la comida. Dejó algo preparado para cuando se levantase su tío y se arregló. Cuando salió de casa no pudo más que sentirse como en un sueño.

Takehiko estaba tan enfrascado en su memoria que cuando se aproximó a las vías del tren confundió la alarma con los cascabeles de aquel “dios”. Cada sonido rebotaba en las paredes de su mente hasta que por fin pudo escapar de su recuerdo y frenar en seco, golpeando ligeramente la barra de seguridad con la rueda delantera de su bicicleta ante los rostros inexpresivos de un puñado de estudiantes y oficinistas que estaban más en su asqueo matutino que en el posible accidente.

Takehiko se había tomado la licencia de no ir a clase desde hacía varios días, y con razón. Al llegar a clase todavía quedaban veinte minutos y los asientos estaban casi completamente libres. Pensando en que quizás dormiría algo y en la ansiedad que le producía ser visible ante el profesor, fue directamente a los últimos asientos de la parte central, donde se sentiría más seguro que en las primeras o en las últimas filas al estar arropado por la multitud. Se deslizó por entre las gradas y se sentó cerca de la ventana que daba al jardín universitario.

Takehiko había sido desde siempre un niño tímido e introvertido, aunque él se consideraba bastante amigable y siempre jugaba con su tío, pero a la hora de hacer amigos nuevos se cerraba en banda. Y es que los niños pueden llegar a ser muy crueles, y en los primeros cursos de primaria fue obligado a estar solo ante unos compañeros que le señalaban, se burlaban de él por ser el hijo de un sacerdote y vivir en un templo, y rumoreaban sobre cómo si te juntabas con él se te pegaría un demonio a la espalda. “Seguro que estás maldito” le decían siempre en el instituto, y sufría cada día vejaciones varias, como tener que recoger sus libros de la papelera, encontrar sus zapatillas en el retrete o amuletos de exorcismo pegados a su mesa. Mientras que en la universidad simplemente nadie le veía. A una edad en la que los círculos comienzan a cerrarse, todo el mundo contaba con amigos ya hechos desde hacía años y no tenían tiempo para nuevas amistades, por lo que Takehiko se fue alejando año tras año del mundanal ruido de los grupos hasta quedarse completamente solo.

–¿Está ocupado este sitio?

Una voz masculina desveló a Takehiko para darse cuenta que ahora la clase contaba con más personas que antes y quedaban pocos minutos para que empezara. Alzó la vista y vio a un chico de su edad, pelo ondulado castaño, un poco largo, con flequillo y alborotado. Tenía la oreja perforada con un pequeño aro y vestía una camisa blanca abierta que dejaba ver la camiseta de debajo con un tigre rampante, pero con un rostro algo tonto. Takehiko sintió un escalofrío al ver a aquel tigre bizco y con la lengua fuera que le devolvió una vez más a la realidad de anoche. Miró a su alrededor. Es cierto que la clase estaba más llena que cuando él había llegado, pero todavía quedaban muchos sitios libres. Volvió a mirar al chico algo extrañado y asintió.

–¿Eres nuevo? No me suena haberte visto estos días –le dijo el chico mientras sacaba sus cosas de la mochila.

–No exactamente… Pero he pasado por algo últimamente que no me ha permitido venir.

–Entiendo…

El silencio llenó el espacio entre ambos y se asentó hasta que el chico decidió volver a intentarlo.

–Me llamo Ichika, Ichika Saito.

–¿Te llamas Ichika? –Takehiko giró su rostro hacia él.

–Sí… Raro, ¿verdad? –El tono del chico adquirió un color tenue de culpa.

–Es un nombre bonito.

Los ojos de Ichika se iluminaron, era la primera vez que alguien le decía eso. Acostumbrado a las burlas por tener un nombre femenino, Ichika se entusiasmó, y no pudo más que desatar todas las palabras que tenía en su interior. Como si nunca hubiera contado su historia a nadie, un mar se desbordó de entre sus labios inundando todo a su alrededor, incluido a Takehiko.

–Mi madre dice que lo decidió mi padre, y que a ella le pareció algo hermoso. Significa ‘fragancia de amor’. Mi padre era artista, escribía poemas y pintaba cuadros. Siempre hablaba de esa forma, bonita, con florituras, como las pinceladas en sus lienzos. De mí dijo que era eso, que encapsulaba el amor entre ellos dos, que era la fragancia de su amor. Aunque mi abuela dice que simplemente esperaban a una niña. Murió antes de que cumpliera el año, por lo que todo lo que recuerdo de él es por fotos y las historias que mi madre y mi abuela me contaron siempre. Mi madre es pescadera y siempre ha trabajado mucho. Cuando era pequeño, casi no la veía, por lo que pasaba la mayor parte del día junto a mi abuela. A mi abuela le daba tanta vergüenza y pereza tener que explicar siempre que aunque me llamase Ichika era un niño, que decidió vestirme de niña, con lo que durante varios años fui realmente, a ojos de la gente, una niña. Tendrías que haber visto a mi madre cómo se enfadó cuando lo descubrió. Bueno, lo cierto es que yo no lo vi tampoco, tenía como cuatro años, pero mi abuela siempre dijo que para estar sorda y muda, aquella vez pareció que había entrado un grupo de caballos salvajes al comedor en plena tormenta eléctrica. Desde entonces mi madre le prohibió que me sacase vestido de niña y mi abuela tuvo que ir explicándole a todo el mundo la razón de mi cambio de sexo.

Takehiko se vio abrumado ante tanta privacidad expuesta en un solo momento, pero la inocencia con la que Ichika le contó todo le hizo sentirse en paz. Takehiko pensó que aquel chico anhelaba ser escuchado, y qué mejor persona que él, que anhelaba ser abstraído.

La niñez de Ichika no dio permiso a ninguna otra conversación. El profesor entró y el comienzo de la clase cortó el posible diálogo. El silencio se abalanzó como un gran manto que amordazó a cada uno de los presentes y no les quedó más remedio que sucumbir y dedicarse a atender, eso sí, con las consiguientes licencias de embelesamiento que la vida escolar implica, por supuesto.

 

Aquella mañana tuvieron dos asignaturas repartidas en tres horas. Las clases acababan de llegar a su descanso cuando Takehiko e Ichika recogieron todo el material y pusieron rumbo a la puerta. Ichika esperó a que Takehiko terminase de recoger y saliese del asiento, y, mientras bajaban por las gradas, se animó a preguntarle:

–¿Has quedado ahora con alguien? Iba a ir a las máquinas expendedoras que hay junto a la cafetería y luego al jardín. ¿Quieres venir? –Ichika preguntó con cierta duda, porque, al igual que Takehiko, él también había tenido problemas para hacer amigos en el pasado y encontró en él una nueva oportunidad que no quería chafar.

–Claro, me encantaría. Por cierto, mi nombre es Takehiko –recordó que no había llegado a decirle en ningún momento su nombre; quizás porque no encontró espacio entre los recuerdos de Ichika.

–Encantado –Ichika esbozó una gran sonrisa sin llegar a enseñar los dientes, con los labios completamente estirados y los ojos rasgándose cada vez más, hasta casi perder la visión.

Los chicos bajaron hasta la planta baja. Al abrir las puertas exteriores sintieron una corriente fría recorrerles todo el cuerpo. El verano se había ido casi por completo y el otoño comenzaba a establecerse. Los árboles del jardín empezaban a teñirse de toda una gama de colores térreos, a la par que otros mostraban unos colores cercanos al fuego, pareciendo como si estos últimos estuviesen en llamas mientras los otros fueran pasto de su ira, sucumbiendo a su calor.

La universidad acogía un total de cinco facultades y contaba con un gran jardín central y otros dos pequeños en los extremos. La facultad de Takehiko hacía esquina con otra y, frente a estas, la cafetería, separada de los edificios por uno de los jardines pequeños. Takehiko e Ichika recorrieron el camino de poco más de cinco minutos en un completo silencio si no fuese por el intento de Ichika de mantener la calidez mediante preguntas y frases de vecino como el tiempo y lo bonitas que estaban las últimas flores de verano.

Las máquinas expendedoras se encontraban en un lateral del edificio. Junto a un aparcamiento de bicicletas, se alineaban pegadas a la pared de ladrillo diez máquinas de distinto contenido: bebidas frías, bebidas calientes, snacks, bocadillos e incluso llaveros de anime.

–Con este fresco empieza a apetecer cosas calentitas… –Ichika fue directo a la máquina de bebidas calientes seguido de cerca por Takehiko.

Se quedó frente a la máquina un buen rato, explorando cada opción mientras Takehiko miraba por encima de su hombro.

–Este –susurró decidido al fin, y metió las monedas por la ranura–. Takehiko, ¿tú qué quieres? Yo invito.

–Mmmm, lo mismo que tú.

El estruendo metálico de las dos latas de té rojo cayendo llenó el silencio. Ichika cogió ambas y le ofreció una a Takehiko. Se sentaron a beber las latas en uno de los muros bajos que bordeaban la zona ajardinada, con la cafetería a sus espaldas, toda una pintura paisajista se desarrollaba frente a sus ojos.

–Tenemos la misma edad, ¿no? –Takehiko había decidido romper el agradable silencio que se había acurrucado entre ambos.

–Creo que yo soy un poco más mayor –confesó Ichika–. De pequeño era bastante tímido, por lo que cuando tenía una duda no preguntaba ni pedía ayuda, así que siempre volvía a casa con muchas más preguntas que respuestas, y eso me obligó a repetir un curso. Tampoco tenía amigos, así que no tuve quien me ayudase.

–Ya veo… –Take pensó que los unía algo más que un sentimiento repentino.

Un nuevo silencio se asentó en el ambiente, uno más afilado, pero Takehiko no estaba dispuesto a perder a Ichika en él, y buscó sincerarse. Mientras hacía bailar en círculos el último trago de té al fondo de la lata, Takehiko tragó saliva y se acarició la muñeca como recuerdo materno.

–Yo también he perdido a mi padre…, hace poco.

–Cuánto lo siento, Takehiko. ¿Por eso no habíamos coincidido estos días? Te debes de sentir tan pesado…

–Sí, ayer mismo recogimos sus cenizas. Siento mi cuerpo pesado, pero mi mente es liviana, como si estuviera a kilómetros de aquí, en lo más profundo del espacio –Takehiko se encontró a sí mismo abriéndose por primera vez, sin mucha más resistencia que algún nudo yugular, y eso le sorprendió. Ichika le hacía sentir en calidez, como si ya lo conociera de antes, de mucho antes.

–Hay un maestro budista que dice que la muerte es solo una extensión de la vida, un paso más. Me gusta pensar que ellos siguen aquí, los que ya no podemos ver, que mi abuela y mi padre están aquí, a mi lado. También tu padre. ¿Cómo era lo que decía el budista? Ah, sí: la muerte está aquí con nosotros tomando el té.

La sangre de Takehiko dejó de correr. “Esa frase…, eso mismo fue lo que dijo aquel ser anoche… ¿Es mi mente tan poderosa como para rescatar frases de un futuro cercano?”. No podía parar de pensar, necesitaba respuestas, contrastar sus recuerdos, saber si él también lo había visto, aunque fuese en sueños.

–Oye, Ichika, ¿sabes algo de dioses? De dioses sintoístas.

–Sí. Bueno, lo justo. He ido alguna vez a santuarios a echar monedas para poder aprobar el examen de turno y en año nuevo para pedir los deseos del año. Mi madre y yo no somos muy religiosos, pero cumplimos las tradiciones.

–Entiendo…

–Aunque mi abuela sí que lo era. Le gustaba ir a los templos cuando yo era pequeño, y yo iba con ella, claro. Pero no recuerdo mucho. ¿Por qué lo preguntas?

–Por nada…

Takehiko estuvo un tiempo dubitativo, hizo el amago de decirle a Ichika su extraño suceso de anoche. Ichika le había contado intimidades, cosas que seguramente le pesaban en el corazón, y Takehiko se sentía obligado a corresponderle con más sentimientos, pero entre que se acababan de conocer y que no sabía si realmente había sucedido, reculó ante el miedo de que el primer posible amigo que había hecho pudiese sentir cierto rechazo ante tal esquizofrenia. Como no supo cómo contárselo sin parecer loco, decidió guardárselo en una pequeña caja dentro de su corazón y tomar otro camino.

–Bueno, verás… Mi familia es particular, es la encargada del templo que hay en el Barrio Este dedicado al Dios tigre. Solo eso…

–Oh, el Barrio Este. Mi abuela vivía allí. Entonces, ¿vives en un templo?

–Sí…

–¿Eres sacerdote?

–Supongo que ahora sí… –Takehiko sintió un rayo de ansiedad que salió disparado de la cabeza hasta establecerse en sus intestinos después de desgarrar todo su interior. Anteriormente, ser hijo de sacerdote y vivir en un templo no le había traído mucha gracia a su vida social y ser sacerdote era lo último que quería.

–¡Eso es chulísimo! ¿Puedo ir un día a verte?

–Cla-claro…

El entusiasmo de Ichika pilló a Takehiko desprevenido, nunca nadie había sentido la más mínima curiosidad por él, nunca nadie había querido adentrarse en su vida.

–Vaya, es casi la hora –Ichika se levantó a toda prisa, tiró la lata vacía a la papelera que estaba pegada a ellos y se colgó la mochila a la espalda–. Takehiko, me tengo que ir. Mi madre tiene cita en el médico y le prometí que la acompañaría. ¿Puedes prestarme luego los apuntes? –Se acercó a Takehiko y, con las manos pegadas palma con palma, le pidió el favor.

–Sí, claro. No te preocupes.

–Oh, hoy es viernes. ¿Te gustaría quedar mañana en una cafetería y me los prestas? Así el lunes te los devuelvo. Mira, espera –Ichika se descolgó de un hombro la mochila y buscó en su interior para sacar un papel en el que apuntar–. Toma, este es mi número, háblame luego y quedamos –le extendió el papel, sonrió y se despidió hasta mañana.

Se quedó mirando cómo la figura de Ichika se perdía entre el jardín mientras en su mano agarraba con fuerza el papel para evitar que las brisas que comenzaban a levantarse se lo llevasen consigo. Pensó que esa misma noche le escribiría un mensaje.

Takehiko regresó a clase, subió las gradas y se fue a la misma fila que había elegido en las horas de antes, salvo por la diferencia de que decidió sentarse en el sitio que antes Ichika había ocupado. Se dejó caer sobre la madera, la mochila a un lado todavía sobre el hombro, y perdió la mirada en el horizonte arbóreo. En ese preciso momento, quiso saber qué estaría haciendo su tío solo en casa. Debía ser la primera vez que se encontrase tan solo.

 

* * *

 

¡CONSIGUE UN AUTÉNTICO FERRARI!

 

Solo entre los días 5 y 24 de este mes toda compra de un mínimo de 500 yenes hecha en uno de los locales del paseo comercial tendrá un sello de regalo. Reúna cinco sellos en la cartilla que le proporcionaremos y tráigala a nuestro puesto. Tendrá derecho a una tirada en nuestra tómbola por cada cinco sellos, ¡sin límite alguno!

 

¡Todas las tiradas tienen premio! ¡Un auténtico Ferrari, menaje para el hogar y más! 

¿A qué está esperando? ¡Vamos, acérquese!

 

RECUERDE: DEL 5 AL 24 EN CUALQUIER LOCAL

 

Haruto acababa de despertar de la siesta y se había puesto a revisar los panfletos publicitarios en busca de ofertas cuando de entre las páginas de la revista del super veinticuatro horas cayó un flyer color amarillo chillón.

–Un… un auténtico Ferrari…

A Haruto le temblaban las manos. Se quedó mirando fijamente al final del pasillo hasta que la mirada bizqueó y solo pudo verse a sí mismo montado en un flamante Ferrari rojo conduciendo junto a la costa. Tras un segundo de ensoñación, miró alrededor, se aseguró de que no había nadie cerca y se guardó la publicidad en el bolsillo del pantalón vaquero.

Haruto no sabía conducir, nunca se había sacado el carnet, ni siquiera le había llamado la más mínima atención. La última y única vez que condujo un vehículo dejó graves secuelas, todavía visibles, para el templo y la familia. Sin embargo, aquella tarde sucedió algo distinto. Aunque a Haruto los coches nunca le habían atraído y siempre había criticado a aquellos que los usaban para pavonearse haciendo rugir sus estruendosos motores entre las estrechas calles del barrio asustando a abuelas, niños y gatos a su paso, pudo verse montado en uno, de la misma forma que pudo ver las miradas de sus conocidos. Es algo que no esperarían de él. Todos aquellos niños con los que iba al instituto seguro que son alguien en la vida, solía decirse. Ese Ferrari no solventaría su interior, pero sí su exterior, y mientras pudiera ofrecer a todos aquellos que nunca han dado nada por él una fachada de éxito hasta que su plan diese frutos y su día llegase, le valía. Le valía mucho.

Dejó de pensar y se levantó del suelo de tatami de un bote, fue a la cocina y comenzó a mirar en los armarios.

–Es cierto que iba a ir a comprar igualmente para la cena; si gasto algo más no pasará nada. Al fin y al cabo es un auténtico Ferrari. Siempre puedo revenderlo cuando nos desahucien del templo y comprar un piso en el que vivir, qué digo un piso, todo un bloque de pisos modernos. ¿Cuánto podría sacar por él? ¿Diez millones de yenes? No, seguro que más, es un Ferrari –Haruto no podía evitar verse con más dinero del que nunca había tenido en sus brazos, agarrando fuerte cada fajo, con una sonrisa feliz mientras les pasa su calor como si fueran un recién nacido.

Con Hanzō muerto, Takehiko estudiando en la universidad y Haruto en el paro, el dinero que llegaba a casa era escaso. Las donaciones eran cada vez menores, y con el alcalde en contra de que el recinto siguiese, las prestaciones por parte de entidades destinadas a su mantenimiento se encontraban paradas. Aquella tarde Haruto hizo un esfuerzo en algo que vio como una inversión, fue a su habitación y de debajo de la cama sacó una pequeña caja decorada con nácar que le regaló su abuela cuando solo tenía cinco años. Abrió la caja y, tras dudar un tiempo, cogió varios cientos de yenes. Solo él sabía la cuantía que albergaba aquella pequeña caja protegida por un dragón perlado, pero siempre es duro tocar el dinero ahorrado, incluso si la ocasión realmente lo requiere.

Haruto bajó al trote las escaleras mientras se ponía su chaqueta militar con el bordado de un tigre mostrando las fauces a la espalda, cogió los cupones de descuento que había recortado de las octavillas publicitarias y puso rumbo a la calle comercial.

Un camino que de normal le costaba hacer diez minutos lo hizo en cinco. Haruto llegó al paseo de tiendas y se quedó un momento frente a la entrada. Visto desde atrás, el tigre en ataque mostraba su verdadero interior.

–Necesito cinco sellos para una tirada. Cada sello es una compra en un local distinto. El mínimo de gasto son quinientos yenes. Pensando en lo mínimo que podría gastar en cada tienda, podría hacer que cinco sellos me saliesen por seis mil quinientos yenes –Haruto suspendía las matemáticas en el instituto.

 

–Creo que mis cálculos no estaban bien. Al menos he ahorrado –se dijo mientras salía del supermercado con una bolsa en una mano y en la otra el cambio–. Bueno, con este ya son cinco los sellos que tengo; me da para una tirada.

Haruto giró la cabeza a su izquierda, hizo contacto visual con el rechoncho señor del tenderete del sorteo y sonrió. Lo que en una persona normal habría sido un gesto de amabilidad, en Haruto, con sus ojos llenos de ambición y sus pintas de maleante, provocaron en el pobre señor el miedo a la muerte prematura. Se fue decidido hacia aquella mesa plegable que hacía de puesto del sorteo.

Era una mesa sencilla, de aluminio, que el señor había engalanado con un mantel de satén dorado. Sobre ella, una tómbola ciega llena de bolitas de colores, cada color correspondiente a un premio, y como marco del espacio, una pancarta con el lema gran sorteo escrito en mayúsculas rojas sobre el blanco del papel se erigía por encima de la cabeza del hombre. Junto a él, distintas cajas de premios.

–¡Buenas tardes, buen hombre!

Haruto alcanzó la mesa con una sonrisa, escaneó todo hasta dar con la tabla de premios y comenzó a leerla de arriba abajo. La tabla recogía un total de veinticinco premios variados como reflejo de todas las tiendas que conformaban el pasaje comercial y habían accedido a participar en el sorteo. Y aunque habían premios que merecía la pena el gasto para conseguir los sellos, había otros que evidenciaban la desigualdad de los puestos a la par que la racanería de algunos dueños. Por esta razón, los premios iban desde juegos de sartenes, conjuntos de toallas, vales canjeables por dos cortes de pelo en la barbería del pasaje, hasta un set de ocho sellos y paquetes de cinco cajas de pañuelitos desechables.

“Un set de sellos, seguro que ni son antiguos. ¿Y ese set de dos bolis y un lápiz? Ah, no, perdón: dos bolis, un lápiz y tres gomas de borrar. Hay que ver con la señora Yoshida de la papelería”. Haruto analizaba premio por premio. Debía de estar preparado para ganar cualquier cosa. “Cinco cajas de pañuelos…”. Intentaba ser educado, pero no podía parar de pensar en la desigualdad de los premios y fueron varias las veces que sus palabras pasaron del plano imaginario al hablado.

Siguió escaneando la tabla hasta alcanzar el primer premio. Ese era, la bolita dorada, un auténtico Ferrari. La vista de Haruto se nubló y sintió que debía de mantener la calma. “¿De dónde habrán sacado el Ferrari?”, comenzó a preguntarse, “¿habrán abierto un concesionario por aquí? No veo nada distinto. Quizás es que lo abrirán más adelante y el Ferrari del sorteo es para promocionarse. Sí, seguro que es eso”. Pensó decidido y se dispuso a participar.

–¡Un tiradita! –Haruto dejó la cartilla de sellos sobre la mesa de una palmada, no muy brusca, pero lo suficientemente fuerte como para generar un golpe y hacer saltar a un señor ya en alerta.

El señor se recompuso del susto y cogió corriendo la cartilla, vio que todo estuviera en orden. Uno, dos, tres, cuatro y cinco. Todos los sellos completos. Miró por encima de sus gruesas gafas de pasta a Haruto, quien no había despegado su mirada felina de él, e hizo un gesto tímido con la mano indicando que podía proceder a girar la manivela.

Haruto dejó las bolsas de la compra en el suelo, se arremangó la chaqueta y se puso a calentar los brazos. Primero rotó los hombros, luego cruzó entre sí los brazos una y otra vez, giró los puños y se crujió los dedos, para terminar con una sacudida de todo su cuerpo mientras se alentaba ante la estupefacción del pobre hombre que lamentaba ahora haber aceptado ese trabajo.

–¡Vamos allá! –Haruto cogió con fuerza la manivela y comenzó a rodar la tómbola visualizando en su mente la bolita de color dorado correspondiente al primer premio.

Giró varias veces la pequeña tómbola hasta que salió de ella una bola parecida a una perla y rebotó varias veces sobre el platito debidamente dispuesto para ello hasta que logró calmarse. Haruto y el señor se acercaron a la vez para ver el color. Era blanco, blanco como los pañuelitos que acaba de ganar.

–Ja… –Haruto sintió sobre sus hombros una vez más la mala estrella con la que había nacido y que le había acompañado durante sus treinta y cuatro años de mala suerte.

El señor le acercó entonces una torre de cinco cajas envueltas en una bolsa de plástico transparente mientras hacía sonar una campana y gritaba el premio. Ante la escasa gente que prestaba atención a la escena, Haruto sujetaba la bolsa contra su cuerpo mientras tenía en su rostro una sonrisa falsa y la mirada perdida.

–¡No te desanimes! –gritó. Dejó la bolsa en el suelo y se dio unas palmadas en los mofletes.

–¿Perdón? –Se atrevió a decir el hombre del puesto sin tener ya más sudor que sudar por el miedo.

Haruto se giró hacia él, le cogió por los hombros y le dijo:

–Vuelvo enseguida, dejo las bolsas aquí. Procura que no salga el premio gordo –y puso rumbo hacia las tiendas.

–Haré todo lo que pueda… –dijo el pobre señor para acto seguido mirar corriendo hacia su entrepierna asegurándose de no haberse meado encima.

Haruto estuvo una hora saliendo y entrando a los distintos establecimientos, del supermercado al horno, de la papelería al estanco; incluso se cortó el pelo, aunque hacía años que se lo cortaba él mismo. “Menudo estropicio tienes aquí, hijo. Es como si un tigre te hubiera cogido por la cabeza. Seguro que te lo ha hecho el torpe de Satoshi. Serán muy jóvenes y sabrán técnicas nuevas y modernas, pero hazme caso, no saben hablar con el cabello”. El viejo Oguro se refería al peluquero veinteañero que acaba de abrir una nueva peluquería en uno de los locales de las fincas de nueva construcción, a unas pocas manzanas de allí. En poco tiempo el barrio se había transformado de forma rápida y estaba provocando la asfixia de los antiguos residentes, tanto a nivel profesional con la entrada de las nuevas formas modernas en los oficios, como a nivel habitacional y la destrucción de las antiguas casas. Haruto solo pudo pensar entonces en la orden de demolición del templo en todo lo que duró el corte de pelo.

Acababan de dar las cinco de la tarde cuando Haruto se acercó con varias cartillas a la mesa de la tómbola y las depositó todas sobre esta. El hombre las recogió con una leve reverencia de cabeza y las examinó una por una.

–De acuerdo, tienes para cinco tiradas más –y le ofreció con la palma la tómbola.

–Vamos allá –se arremangó de nuevo la chaqueta y agarró fuerte la manivela. Mientras pensaba en el dinero que le había costado todo el juego, giró la tómbola hasta que salieron las cinco bolas, una detrás de otra.

 

Haruto dejó el pasaje y puso rumbo a casa cargado con las bolsas de la compra y seis sets de bolsas de pañuelos, mientras su cara tenía el aire de paz de aquel que, cansado, ya no le queda nada por perder. Al fondo se veía al hombre rechoncho llorarle a la mujer encargada.

–Pero chico, ¿qué ha sucedido?

–Señora Nishijima, pensaba que no lo contaba.

 

* * *

 

Eran pasadas las seis cuando el sol se había puesto casi por completo. La gente se replegaba de vuelta en sus casas y las calles del barrio se llenaban de voces hogareñas y de los olores de las distintas cenas. A medida que las farolas iban iluminando el camino poco a poco como tímidas luciérnagas, Takehiko regresaba a casa recogiendo cada olor y voz proveniente de las casas mientras trazaba toda una escena en su cabeza y adivinaba lo que tenían para cenar. Cada día anochecía más temprano y eso a Takehiko le despertaba una extraña tristeza dormida en lo más hondo de su pecho que le agotaba toda la energía. Aparcó la bici junto al coche de su padre y entró en casa.

–¡Ya estoy en casa!

–¡Bienvenido! –Se escuchó la cálida voz de su tío escurrirse desde el salón. Se había quedado dormido.

“No hay nada extraño”, pensó el muchacho. “Todo sigue igual, nada fuera de lo normal”. Se descalzó y avanzó por el pasillo con paso tenso, sin apenas levantar el pie de la madera. Todas las luces del piso inferior estaban encendidas, se escuchaba la televisión en el salón y algún que otro coche rasgar el asfalto en el exterior. Estaba casi seguro de que lo sucedido la noche anterior había sido solo un sueño de ansiedad más, uno de tantos que le acompañaban cada noche desde hacía varias lunas. Casi seguro.

–¡Oh, ya has vuelto!

–¡Ah!

Takehiko cayó de culo contra el suelo después de ser sorprendido por la gran cabeza de tigre que salió desde el umbral de la puerta. Seguía ahí, aquel ser de gran cabeza seguía ahí. Un gran tigre que se abalanzaba hacia él con las fauces bien abiertas, arrugas de ira en la nariz y ojos llenos de esquizofrenia.

–¡Aibo, qué golpe! Eso debe de doler. Yo una vez me caí por las escaleras de culo, así: pa pa pa –Haruto se unió a los dos en el umbral e imitaba su caída con el culo en pompa, los puños cerrados y moviéndose arriba y abajo a ritmo de los monosílabos–, y desde entonces me toca ir a mear dos veces antes de acostarme.

Takehiko le echó una mirada inquisidora que bailaba entre la ira y el llanto, producto del dolor y la sorpresa. Agarrándose el trasero soltó un pequeño quejido y echó su cuerpo hacia alante.

–¿Vas a llorar? ¿Quieres un pañuelito? Tengo de sobra… –le preguntó serio su tío en un acto más de liberación de mercancía que de empatía.

–Yo creo que eso de mear tanto se debe más a la ansiedad –el ser, que se había quedado en silencio desde la caída, decidió participar.

–Que no, que te digo que es así desde entonces.

–Quizás tengas ansiedad desde entonces.

–¡Tengo ansiedad desde que nací! ¿Y qué te he dicho de esa cabeza? Lo estás ocupando todo y no haces más que asustar al niño. ¡Quítatela!

–No quiero, me da vergüenza al principio cuando comienzan a verme –agarró fuerte su cabeza de tigre por miedo a que Haruto se la volviera a arrancar y corrió hacia el interior del salón.

–La ansiedad me la produces tú. ¡Ven aquí!

Takehiko se retorcía de dolor en medio de la escena de matrimonio. Las cosas habían cambiado, ya no estaba su padre, o mejor dicho, su padre había sido sustituido por un extraño dios, y sintió como aquel dolor subía progresivamente desde el culo hasta alcanzar el corazón. La vida estaba, nuevamente, cambiando.

 

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