Yamanote

LÍNEA YAMANOTE

Línea circular de tren urbano de Tokio.

Número de vías: 2.

Círculo exterior: sentido de las agujas del reloj.

Círculo interior: sentido contrario a las agujas del reloj.

Longitud: 34.5 kilómetros.

Duración de una vuelta completa: 1 hora.

Número de estaciones: 30.

Número de barrios que enlaza: 23.

Número de pasajeros al año: 1300 millones.

Estaciones principales: Tokio, Ueno, Ikebukuro, Shinjuku, Shibuya, Shinagawa, Akihabara.

Estación más transitada: Shinjuku, 3,5 millones de viajeros al día.

Estación menos transitada: Uguisudani, 23 mil usuarios al día.

Número de estaciones con transbordo a otras líneas de tren y metro: 27.

Año de inauguración: 1885.

Año de terminación del círculo completo: 1925.

Estación más antigua: Shinagawa, 1872.

Estación más moderna: Takanawa Gateway, 2020.

Tramo más largo: Osaki–Shinagawa, 2 kilómetros, 3 minutos.

Tramo más corto: Nippori–Nishi-Nippori, 0.5 kilómetros, 2 minutos.

Número de trenes de la flota: 50.

Longitud de los trenes: 200 metros.

Primer tren: 4:26.

Último tren: 1:04.

Intervalo entre trenes en hora punta: 2,5 minutos.

Intervalo entre trenes en horas valle: 3,5-4 minutos.

Número de pasos a nivel: 1.

 

JY 01. TOKIO: LOCOS A LAS CINCO

 Este año perdimos a quien, según él mismo afirmaba, podría haber sido el último samurái de Japón. Kyuzo Miyaguchi, de setenta y cinco años, falleció en el Hospital Internacional de San Lucas durante la operación urgente a la que fue sometido tras su frustrado intento de seppuku.

Ante este personaje extravagante y dedifícil ubicación en nuestra sociedad actual, la pregunta principal que todos se hacen es si realmente pertenecía a la clase de los samurái o, por el contrario, Kyuzo, ya fuese de forma voluntaria o involuntaria, se había construido una personalidad ficticia.

Intentemos trazar un breve apunte bibliográfico que explique por qué el fallecimiento de Kyuzo merece al menos unos minutos de nuestro tiempo.

Con su apariencia desfasada y sus modales anticuados, Kyuzo se había convertido en un personaje popular de la ciudad de Tokio, al menos en lo que respecta al céntrico barrio de Chuo. Sin exagerar, podemos aventurarnos a afirmar que era casi una atracción turística más de la zona. No era extraño escuchar a los guías turísticos describir de la siguiente manera la plaza de la fachada occidental de la estación de Tokio:

“Aquí tenemos la famosa fachada de influencia holandesa construida en 1914. Al principio era un edificio de tres plantas, pero tras ser destruida por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, fue reconstruida después con solo dos plantas, en la forma en que se aprecia en la actualidad. Si miran a su espalda, al final de la plaza, podrán ver las murallas del Palacio Imperial, al que iremos a continuación. Pero antes, vamos a disfrutar unos minutos de esta plaza y de la fachada de la estación. Miren aquel banco, ¿ven al hombre vestido con kimono? Es un personaje popular de esta zona, el famoso último samurái… Al menos eso es lo que él mismo dice. Si le piden una foto, seguro que se la hará sin ningún problema. Ya verán que es un hombre muy amable”.

En efecto, al apreciar su desfasado porte y su indumentaria tradicional, muchos turistas deseaban hacerse una foto con él delante de la fachada de la estación, y Kyuzo nunca ponía reparos ante tal petición. Al fin y al cabo, él siempre decía que el principal cometido de un samurái era – después de a su señor – servir a su nación, y como el turismo es una de las principales fuentes de prosperidad de su país, no dudaba en poner su imagen a su servicio. Se levantaba y posaba con un orgulloso ademán marcial, llevándose la mano a la empuñadura de la katana.

Kyuzo se pasaba el día en las inmediaciones de la estación de Tokio, o bien sentado en uno de los bancos de la plaza de la fachada oeste, o bien vagabundeando por los alrededores, dentro del área delimitada por la estación de Yurakucho, al sur, el rio Nihonbashi, al norte, el Palacio Imperial, al oeste, y la avenida de Showa, al este. Presumía de haber pasado ahí toda su vida, formando parte de la historia del centro neurálgico de la ciudad, el origen de las rutas que, desde 1604, partían concretamente desde el puente Nihonbashi hacia el este, el sur y el norte.

Kyuzo vivía con su madre en una casa de madera encajonada entre dos enormes edificios modernos. Vista desde fuera, daba la impresión de no haber sido renovada desde el período Edo, pero, obviamente, el interior había sido adaptado en sucesivas ocasiones a las necesidades de los nuevos tiempos. Al menos eso afirmaban los pocos afortunados que habían entrado, concretamente revisores de gas o agua, o mensajeros y carteros que pudieron echar un breve vistazo desde el vestíbulo. Esta casa fue sobreviviendo a la especulación inmobiliaria década tras década, pues ninguno de sus antiguos inquilinos quiso venderla a las grandes empresas constructoras, y Kyuzo no iba a ser la excepción que manchase el nombre de su milenaria familia. Así pues, no sería extraño que verdaderamente fuese la casa más antigua que se conservara en todo Tokio, uno de los pocos testimonios que quedaban de una época que se enterraba cada vez más en los detritus de la memoria bajo las capas de inmediatez propias de la modernidad. Kyuzo se lamentaba de como todo el barrio había perdido su autenticidad para convertirse en una homogénea y aséptica jungla de hormigón carente del encanto y la calidez humana de antaño. Al mismo tiempo, se enorgullecía de formar parte, junto a algunas tiendas centenarias, de los últimos bastiones de resistencia de aquel mundo desaparecido. Su familia llevaba siglos comprando los copos de bonito seco y el té verde en esas tiendas que ahora permanecían como museos vivientes, y por supuesto, Kyuzu y su madre no iban a romper con la tradición familiar.

La madre de Kyuzo era una amable anciana de la que decían que era octogenaria. Al no poseer ninguna identificación – ni licencia de conducir ni tarjeta de My Number – era solo partiendo de la edad de su madre como se podía llegar a un cálculo aproximado de la de Kyuzo, estimándose esta entre los cincuenta y los sesenta, aunque muchos sospechaban que dichas suposiciones estaban erradas y que tanto madre como hijo eran mucho mayores. Y en efecto, tras su muerte, cuando la policía accedió a su registro de nacimiento, pudo constatarse que Kyuzo tenía setenta y cinco años y su madre noventa y cinco. Su padre murió pronto, lo que hizo que la relación con su madre se hiciese más profunda y dependiente. De niño se lo veía todo el tiempo de la mano de ella, acompañándola a todas partes. Nunca se le vio jugando con amigos en la calle. De hecho, se rumorea que desde que entró la primera televisión en su casa, el pequeño Kyuzo se refugió en el extenso mundo que encontró dentro de ese extraño cubo que, por muy pequeño que pareciera, era capaz de contener universos. Pero Kyuzo no pretendía viajar tan lejos; su obsesión se centró en el pasado, en las películas clásicas de samurái y series de género jidaigeki y chanbara. ¿Fue su ascendencia samurái lo que le empujó hacia esas aficiones o fueron estas las que le provocaron, cual quijote japonés, la ilusión de pertenecer a una dinastía samurái? El caso es que ya desde muy pequeño se le empezó a ver vestido al modo del período Edo. Al principio se pensó que no era más que el juego de un niño, como los infantes que en occidente se ponían un sombrero para jugar a indios y vaqueros, pero conforme fue haciéndose adulto lo único que cambió en su vestuario fue la talla del kimono.

Así pues, el atractivo que a primera vista ofrecía Kyuzo consistía, obviamente, en la imagen antigua y tradicional que su indumentaria transmitía. Siempre iba vestido con su sencillo kimono de samurái, aunque los más maliciosos decían que más que de samurái parecía de ronin, por el aspecto avejentado que presentaba la prenda, con los bajos deshilachados y las mangas roídas. Calzaba unas geta de suela de madera, con cuyo tactactactactac anunciaba su inminente llegada a metros de distancia. Su cabeza estaba adornada con el tradicional recogido samurái, en el que los mechones largos se sujetaban sobre las secciones afeitadas del cráneo. Completaba su atuendo con una katana falsa, ya que, como al propio Kyuzo le gustaba decir, a su estamento se le prohibió portar katanas al comienzo de la era Meiji, en una flagrante traición al esfuerzo que hicieron ilustres samuráis para librar al país de la corrupción del shogunato y subirlo al tren de la modernidad, tren que paradójicamente se llevó consigo a la clase más representativa de la historia japonesa. Kyuzo lamentaba dulcemente dicha ironía teñida del suave amargor del romanticismo más fatalista.

Como no podía ser de otra manera, su más adorado ídolo y figura a imitar era Saigo Takamori, samurái y político que luchó en un principio en favor de la restauración Meiji, pero se vio después traicionado al ser perseguida hasta la extinción la clase social a la que pertenecía. Esta traición le obligó a oponerse al nuevo gobierno al que antes apoyase, en la llamada rebelión Satsuma, durante la cual su pequeño ejercito de samuráis enfrentó en las tierras de Kagoshima al muy superior y moderno ejército imperial. La historia oficial, como le gustaba a Kyuzo denominarla con un deje de sarcasmo, decía que Takamori había sido herido en la batalla y posteriormente muerto debido a dichas heridas, negando la que, según Kyuzo, era la incuestionable verdad, esto es, que había muerto honrosamente cometiendo seppuku, final mucho más a la altura de tan honorable figura considerada por muchos como el verdadero último samurái. Para Kyzo, la lucha, la traición a la que fue sometido, y el sacrificio final de Takamori suponían el culmen del destino trágico que todo samurái anhelaba.

Kyuzo solo se alejaba de su barrio de Nihonbashi para mostrarle sus respetos a su ídolo. Para ello, todos los domingos se daba un paseo de una hora de ida y una hora de vuelta hasta la estatua de Saigo Takamori levantada en el Parque Ueno, ante la cual se postraba durante un buen rato al modo reverencial samurái, según decía él mismo, para vaciarle su corazón. Muchos han dicho, sin embargo, que en realidad lo que hacía era echarse una siesta, pues se habían acercado a él estando así postrado y le habían escuchado roncar. Esos días, Kyuzo vestía el kimono de las ocasiones especiales, que en contraposición al que usaba diariamente, lucía magníficamente cuidado, hasta el punto de parecer nuevo.

Solo una de las prerrogativas concedidas a Takamori le negaba Kyuzo a su ídolo: la de ser el último samurái. Kyuzo ni siquiera proclamaba ser él mismo el último, lo que afirmaba con rotundidad era simplemente ser un samurái, y eso, lógicamente, imposibilitaba a Takamori haber sido el último. Pero, ¿era Kyuzo, como siempre proclamaba, un verdadero descendiente de samuráis?

A este respecto, el primer elemento que nos lleva a cuestionar la veracidad de dicha autoproclamación es su propio nombre. Resultaba tan excesivamente apropiado que cabe sospechar que se lo había puesto él mismo. En efecto, este no era más que una mezcla del nombre de uno de los personajes de la película “Los siete samurái” con el apellido del actor que lo interpretaba. Y no resulta sorprendente que tal personaje fuera el samurái más recto, humilde y honorable de los siete de la famosa película de Kurosawa.

Independientemente del nombre, para demostrar y atestiguar su pura descendencia samurái, Kyuzo blandía ante los ojos de los incrédulos un documento firmado por el mismísimo emperador Meiji, el primero tras la restauración. Si hemos de atender a la explicación del propio Kyuzo, de tanto portarlo bajo el kimono y enseñarlo, el documento había empezado a deteriorarse, por lo que le había hecho una copia, enmarcando el original y colgándolo en una pared de su casa. Por lo tanto, lo que había estado enseñando en los últimos años era la copia. Contradiciendo esta versión, nunca hubo nadie que afirmase haber visto el documento original, por lo que se sospechaba que no existía tal cosa, sino que la copia en blanco y negro que Kyuzo portaba era el único documento existente; en definitiva, una burda falsificación en blanco y negro.

Las pruebas en su contra eran directamente proporcionales a la rotundidad de la seguridad de su aseveración. Incluso criticaba frecuentemente la falta de autenticidad de “aquellos que van por ahí fingiendo ser ninjas o incluso samuráis”, quienes “son unos impostores que solo buscan ganar notoriedad y blandir las armas del exotismo japonés a fin de embolsarse un buen dinero a costa de los turistas menos exigentes.” En cambio, él jamás persiguió un objetivo económico. Y verdaderamente, nunca se lo vio cobrar por hacerse una foto con nadie.

Kyuzo achacaba esa falta de autenticidad a “los demonios de la modernidad que asolan el pais desde que los barcos negros ensombrecieron el puerto de Tokio”. Lo que más desesperaba y enfadaba a Kyuzo era todo aquello que él consideraba “injusticias propias de los tiempos actuales”. Su estado natural era el de tranquilidad, pero muchas veces, con el simple objetivo de matar el aburrimiento, algunos habituales del vecindario le provocaban a fin de que estallase en uno de sus arrebatados sermones. En esas ocasiones se formaba un pequeño corro de espectadores alrededor de su banco de la plaza de la estación.

Sus quejas y lamentos solían estar relacionadas con la deriva de los tiempos, que para él siempre era desacertada, y con los cambios que, según él, hacían cada vez más irreconocible a la cultura japonesa.

– ¡Las tiendas de washoku están siendo sustituidas por hamburgueserías, las casas de té por cafeterías que sirven las bebidas en vasos de cartón! ¡Si seguimos por este camino, terminaremos desapareciendo ante la montaña de estiércol de la globalización yanqui! Deberíamos tomar ejemplo de Saigo Takamori, nuestro último héroe, que dio hasta su última gota de sangre para salvar nuestro país de la ponzoña que aquellos buques oscuros vertieron en nuestras costas. ¿Y cómo hemos respondido nosotros al sacrificio que él hizo? ¡Sentándonos a comer sus hamburguesas y beber sus cafés! ¡Qué vergüenza! ¡No deberíais atreveros siquiera a posar vuestros ojos sobre su estatua!

Otras veces la emprendía con las nuevas modas musicales de influencia occidental, o con las recientes corrientes cinematográficas de carácter revisionista que presentaban a los samuráis enfrascados en prácticas jamás mostradas hasta el momento.

– ¡Samuráis enamorados de otros samuráis! ¡Besándose y haciendo cosas aún peores! ¿Hasta dónde nos van a llevar las mentiras de nuestra sociedad actual? Cuando pienso en esos cineastas que se creen con el derecho y la impunidad de manchar nuestra historia y cultura, no puedo más que contemplar dos opciones: ¡matarlos a todos o matarme yo mismo!

Al escuchar sus discursos enfurecidos, muchos se burlaban de él en su cara, pero entre su público no faltaban los que aplaudían con los ojos enrojecidos por la emoción y el pecho henchido de patriotismo.

Los primeros le desafiaban entre risas:

– Siempre amenazas con cometer seppuku, pero nunca lo cumples. Te seguimos viendo por aquí, y además con la barriga cada vez más hinchada – decía uno.

– ¡Es gracias al menú samurái de mamá! – decía otro.

– ¡Juro que me haría seppuku si tuviese una wakizashi! – gimoteaba Kyuzo con genuino pesar – Lamentablemente, mi familia hace tiempo que carece del capital para permitirse bienes tan caros. ¡Y no pretenderéis que alguien de mi alcurnia se abra el vientre con un cuchillo de cocina!

Otra de las pruebas que algunos sostenían en contra de su condición de samurái provenía directamente de la ignorancia respecto a la historia de la que adolecían los que las esgrimían. Su argumento consistía en que Kyuzo nunca jamás demostró tener el menor conocimiento de kendo o cualquier otro arte marcial. Desconocían que, debido a la paz que se extendió por el pais durante el período Edo, los samuráis dejaron de caracterizarse por su espíritu marcial y habilidad guerrera y se convirtieron en burócratas y funcionarios del estado. En honor a la verdad, tampoco es que Kyuzo pudiera ser considerado ni burócrata ni asalariado.

En efecto, nadie sabía a ciencia cierta de qué vivía Kyuzo. La opinión más extendida era que sobrevivía gracias a la paga de viudedad de su madre.

Durante los últimos meses, Kyuzo había reducido considerablemente sus vagabundeos por el entorno de la estación, e incluso cesó en sus visitas a la estatua de Saigo Takamori. Sucedió al mismo tiempo en que su madre dejó de hacer sus compras habituales en las tiendas tradicionales de Nihonbashi. En su lugar, era Kyuzo el que las hacía, y cuando los tenderos le preguntaban por la ausencia de su madre, les explicaba que últimamente ella no se encontraba muy bien debido a los achaques de la edad y que prefería quedarse descansando en casa. A Kyuzo también se le notaba cada vez más demacrado, con unas pronunciadas ojeras, pómulos marcados por su delgadez y el pelo sin cuidar cayendo laxamente a ambos lados de su cabeza. Era obvio que algo de carácter ominoso estaba ocurriendo en su casa.

Esta situación se mantuvo durante varias semanas, hasta que una noche los vecinos escucharon fuertes gritos de agonía procedentes del interior de la vivienda de Kyuzo y decidieron llamar a la policía. Esta forzó la puerta y entró en la casa, encontrando a Kyuzo con las entrañas abiertas y al cadáver de su madre en la cama con síntomas de momificación. Los peritos policiales concluyeron que la anciana podía llevar muerta incluso varios meses. Trasladaron a Kyuzo al hospital a tiempo para someterle a la operación de la cual, lamentablemente, no logró salir vivo, pues los daños que se había autoinfligido en el abdomen eran de carácter irreversible.

Kyuzo había comprado una espada corta en la centenaria tienda de katanas del barrio. A pesar de ser el arma más barata del negocio, su precio era lo suficientemente elevado como para que Kyuzo hubiese tenido que gastar casi la totalidad de los ahorros de su madre, que, en cualquier caso, ya no iba a necesitar más.

– ¿Qué iba a saber yo? – declaró el vendedor a nuestro periódico. – Ese es mi trabajo. Si alguien quiere una de mis katanas y tiene el dinero para pagarla, yo se la vendo. ¿Cómo iba a saber yo que la quería para eso? Mis clientes me las compran para adorno o exhibiciones.

Son varios los posibles motivos que se cree que llevaron a Kyuzo a cometer seppuku. La hipótesis principal es que no concebía una vida sin la presencia de su madre, tanto desde un punto de vista sentimental como económico. Otra razón, esta mucho más romántica, y por eso mismo, también bastante plausible conociendo la personalidad del sujeto, pudo ser que, ante la falta de descendencia, Kyuzo sintiera la necesidad de acabar con la estirpe de la manera más honorable desde el punto de vista de un samurái.

Tras varios registros preliminares de la vivienda, por el momento no se ha encontrado ningún documento oficial original firmado por el emperador, pero la casa está tan inundada de objetos de distintas épocas que llevará meses organizarlo todo. Por otro lado, la empresa compradora del terreno está presionando para que la propiedad quede libre lo antes posible a fin de iniciar los trabajos de demolición.

Entonces, ¿era Kyuzo Miyaguchi el último samurái? Yo, en cambio, lo que me pregunto es: ¿importa eso? Fuese o no de descendencia samurái, e independientemente de que compartamos o no su forma de pensar y mirar a la realidad, sin duda fue una persona que vivió su vida conforme a sus principios, sin venderse ni renunciar a aquello en lo que creía. Y creo que eso es más de lo que muchos podemos decir.

 

Tokyo, 19 de abril de 2025

 

El hombre cerró el periódico y dedicó unos segundos a reflexionar.

– Así que al final lo hizo – dijo.

– ¿Qué hizo? – preguntó su mujer.

– El seppuku. Quizá no era tan farsante como todos pensábamos…

La mujer no dijo nada; observó distraídamente la fachada de estilo occidental de la estación y percibió cómo las sombras que proyectaban sus muros, aleros y columnas eran cada vez más alargadas. Miró su reloj.

– ¡Qué tarde es! – dijo con un sobresalto – ¡Vámonos a casa! ¡Ya ha empezado “Locos a las 5”!

 

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