El tigre de los Nobuoki

CAPÍTULO UNO

Cuando lloras, Dios está ahí.

El humo blanquecino se elevaba hasta lo más alto de la bóveda celeste para luego dispersarse hacia todas las direcciones. El crematorio llevaba en funcionamiento más de tres décadas, pero hace no mucho se llevó a cabo una remodelación que transformó de forma completa el antiguo edificio de época Shōwa en uno de corte limpio y sobrio más acorde a los estilos occidentales del momento.

Takehiko Nobuoki estaba esperando junto a su tío en los asientos del pasillo a que los trabajadores les permitieran la entrada a la sala de incineración. Una vez dentro, ambos tendrían que ver los pocos restos que el fuego había dejado y recoger los huesos con los largos palillos para depositarlos dentro de la urna uno a uno.

Nada pasaba por la cabeza del joven huérfano. Ni un solo recuerdo, ni un solo sentimiento, ni tan siquiera un ligero pensamiento. Con la mente entumecida, simplemente se dejaba llevar como la medusa que se deja arrastrar por la corriente. Su tío Haruto, sin embargo, estaba más despierto. El funeral de su hermano no significaba una nueva experiencia, pues ya había enterrado a sus padres, a su hermano pequeño que tuvo una muerte por agua a los cinco años tras caer y recibir un golpe en la bañera, y a la mujer de su hermano mayor, la madre del chico, quien murió al año de dar a luz por complicaciones del parto. Ahora le había tocado al hermano mayor y él se sentía como en un sandwich de muerte.

La familia Nobuoki se convirtió en una de las familias más relevantes y poderosas de la ciudad hacia el año 1500, tras hacerse con el sacerdocio del templo dedicado al Dios tigre. La antigua familia al cargo, la familia Nakano, acabó sin descendencia y el, por aquel entonces, sacerdote, Fuyuhiko Nakano, cedió el templo a su más próximo y fiel discípulo, Haruo Nobuoki. Pronto la familia alcanzó una gran fama y cariño entre los fieles y residentes de la zona, llegando el templo y el sacerdocio a alcanzar su máxima extensión, tanto en terreno como en número de discípulos y creyentes. Sin embargo, la fama es un perfume, y pronto se convierte en un agradable rastro al que recurrir en tiempos de melancolía. Conforme la sociedad fue encarando nuevos tiempos de guerras, hambrunas y progresos, lo religioso fue cayendo a un segundo lugar, perdiendo fieles y viendo como su terreno y escuela se reducían drásticamente en los últimos siglos. Ahora solo quedaban ellos dos.

Haruto había sido el típico niño rebelde, el hermano mediano al que, con la muerte del pequeño, le tocó llenar un lugar en el corazón de la madre, que nunca pudo cumplir. Siempre increpado, había llevado una vida al margen, no solo del sacerdocio, sino de la sociedad. Dejó los estudios y comenzó a trabajar en oficios precarios que, por su carácter tozudo, incapaz de seguir órdenes de nadie, le duraban apenas unos meses. Perseguido por el sentimiento de haberse quedado atrás del mundo, intentó por una vez llevar una vida estable y ejemplar. Hizo un curso para agente inmobiliario e ingresó en una empresa emergente dedicada al mercado. Durante unos años se pudo decir que vivió acorde a como se esperaba de él.

Ahorró y se independizó alquilando un modesto piso junto al río, “es solo temporal, el punto de partida”, se dijo. Pero la suerte nunca le sonrió en el pasado y ¿por qué lo iba a hacer entonces? La empresa quebró, el jefe era un corrupto que se dedicaba a la estafa piramidal. Cuando se enteró de que la policía le seguía la pista, cogió todo el dinero y se marchó a China, dejando a sus empleados no solo en el paro, sino también, con el problema de tener que lidiar con toda una muchedumbre de gente enfadada que había perdido sus ahorros en casas fantasmas. Sin trabajo ni dinero, se deslizó de vuelta al hogar familiar y prohibió que se hablase del tema. Se sentía desgraciado y, de nuevo, en la línea de salida; o quizás nunca había estado inscrito en esa carrera llamada vida, se decía a sí mismo, quizás siempre había ido en paralelo, en el margen, fuera de la carrera, pero paralelo. Pensar así le daba un globo de oxígeno que le permitía seguir en pie hasta su próxima caída en la tristeza.

Ahora, con el hermano muerto, le tocaba hacerse cargo del templo, la casa y el sacerdocio, pero también de un hijo. Una vez más, se encontraba con un hueco que debía llenar, y aunque ayudó a cuidar del niño desde que murió su madre, era la primera vez que enfrentaba todo a la vez y solo. Sin embargo, no podía dejarse llevar por el azul que siempre le había perseguido como la luna persigue al coche, ahora tenía a alguien que dependía de él y eso le hacía sentirse con un extraño sentimiento de fuerza en su interior.

–¿Familia Nobuoki? Pueden pasar –un hombre menudo con gafas y trajeado asomó la cabeza desde la sala en busca del chico y su tío.

Ambos se levantaron y se adentraron con paso firme en la sala donde los ataúdes y sus dueños iban a parar tras su paso por el fuego, o más bien, lo que quedaba de ellos. Los empleados ataviados con trajes negros rotos por el blanco del brazalete anudado en uno de los brazos en actitud de duelo, desplegaron la bandeja metálica con los restos. Un trozo de fémur, las tibias, muchos huesos pequeños deshojados, una costilla, ¿o quizás una clavícula?, varios dientes y el hioides, todos mezclados en un gran campo gris.

El tío y el chico se acercaron, cogieron los palillos y comenzaron a rebuscar en una suerte de arqueología fúnebre. Como quien arranca las uvas de un racimo, fueron cogiendo uno a uno los huesos desde los pies hasta la cabeza y depositándolos dentro de la urna de porcelana de un craquelado azul grisáceo decorada con un dibujo de peonías rosadas. Una vez finalizado el kotsuage, los empleados se dispusieron a barrer con cepillos los restos de cenizas que habían quedado y a depositarlo todo junto para el posterior cierre de la urna. El empleado menudo cogió con extremada educación la urna y la depositó dentro de una caja de roble tintado para luego asentarla sobre una tela blanca con el sello familiar que la cubría y unos cordones dorados que la ataban.

–Aquí tienen. Nuestro más sincero pésame –el hombre menudo acercó la urna al chico y tras las palabras, hizo una reverencia en perfecta sincronía con los dos empleados de atrás.

Ambos salieron del crematorio con la urna y pusieron rumbo a casa. Del crematorio al complejo religioso que hacía a la vez de hogar llevaba algo más de treinta minutos, veinte de ellos en autobús, los otros restantes a pie desde la parada que quedaba en la avenida hasta llegar al corazón del barrio.

El barrio se había modernizado mucho en los últimos años, y de las antiguas casas tradicionales de madera de dos plantas ya quedaban muy pocas. El templo se erigía como uno de los pocos supervivientes a todo este cambio y se negaba a desaparecer entre todo un bosque de edificios modernos de más de cinco plantas.

El complejo contaba con el templo y la casa del sacerdote en lo más hondo del Barrio Este, haciendo esquina en una calle con forma de T. Una parcela de tamaño considerable, aunque se notaba que había conocido días mejores. Ahora el santuario quedaba encajonado entre un bloque de pisos nuevos y un solar de próxima construcción, sin casi espacio entre este y el muro de hormigón que se construyó rodeando todo el santuario hacía algunos años. El recinto contaba con un total de tres entradas: una, en uno de los lados e independiente al recinto, servía como entrada de la casa de la familia y las otras dos pertenecían al santuario.

La casa de la familia Nobuoki era de madera, de estilo tradicional, de dos pisos y con un jardín delantero al que se había añadido un espacio cubierto de aparcamiento donde el monovolumen del padre de Takehiko solía estar aparcado. El interior había sido renovado recientemente, pero respetaba el estilo tradicional del santuario y la casa. En su interior, el piso inferior contaba con un amplio baño, una cocina, una habitación usada antes como sala de ritos, pero ahora como habitación de invitados, y un gran salón por cuyas puertas correderas se accedía al templo, como el recibidor trasero que había entre la cocina y el salón. En el piso superior, cuatro habitaciones dormitorio.

En el lado opuesto al de la casa, la entrada secundaria del templo, flanqueada por una pareja de komainu de piedra con semblante algo despistado que daba paso a un camino con siete torii seguidos, sin casi espacio entre ellos. Mientras que la principal era el doble que la secundaria y seguía el eje este-oeste del santuario, haciendo chaflán y con un gran torii rojo con detalles en negro y un grueso cordón sagrado con papeles blancos en forma de rayos colgando de él. El gran torii daba a una zona despejada que servía como recibidor, con una fuente de abluciones con un dragón de hierro escupiendo el agua pura y flores flotando en ella, y desde la que surgían tres caminos. A mano izquierda, un camino hecho a partir de rocas de distintas formas se adentraba sigiloso hasta la casa del sacerdote; a mano derecha, uno recto y bien pavimentado conectaba con el final de la entrada secundaria; entre ambos, el central, más ancho e igual de bien pavimentado que conducía al templo de frente. Entre el camino de piedras salteadas que llevaba a la casa familiar y el principal, una pequeña mesa tallada en piedra con numerosos relieves de criaturas míticas daba cobijo a ofrendas.

El recinto contaba con numerosa vegetación. Árboles y plantas salpicaban todo el lugar y enmarcaban, también y junto con un pequeño muro, el frente delantero del santuario. Sin embargo, de entre todos los árboles había uno que se diferenciaba del resto alzándose impasible desde el centro hasta rasgar el cielo: el gran ginkgo. Nadie conocía su edad exacta, por eso todos sabían que ya estaba allí mucho antes que ellos. Se podría decir que el santuario se formó alrededor de él, que todo nació de él. Su altura alcanzaba más de cinco pisos, su tronco era grueso, con un cordón sagrado atado a su alrededor, y sus raíces, fuertes, habían levantado los adoquines más cercanos del camino central que lo rodeaba.

Una vez pasado el ginkgo, a escasos metros, se alzaba una pequeña antesala techada y columnada que precedía al edificio religioso. Todo el templo era de madera, con tejados negros a dos aguas y columnas rojizas bordeándolo. Dos cajones de ofrendas con dos grandes cascabeles marcaban la entrada del templo. La sala principal era la zona más ancha y alta del edificio, destinada a las celebraciones rituales y con la escultura del dios, solo visible desde el exterior cuando las tablas de madera con escenas de este que cubrían el espacio entre columnas eran descorridas durante los días señalados. Todo su interior estaba repleto de columnas talladas, pinturas y rollos decorados con representaciones del dios. De ella, surgían dos brazos de salas privadas de carácter ritual y de almacenaje que se extendían en ángulo agudo. Aunque pudiera parecer simétrico en un vistazo rápido, lo cierto es que el lado izquierdo era más corto, dejando un estrecho pasadizo con la casa del sacerdote.

El Dios tigre no era un dios con forma de tigre, sino un dios con forma humana que aparecía representado con una faja de piel de tigre o montado sobre uno, en ocasiones, ambas cosas. Sin embargo, en el imaginario del barrio pasó a ser llamado “Dios tigre” y ya nadie recordaba su nombre original, ni siquiera la familia Nobuoki. A lo largo de todo el recinto podías encontrar escenas y figuras del dios en distintas edades, posiciones y materiales; en pinturas, ya sea en paneles de madera o en rollos, en relieves de piedra y madera decorando las columnas del patio delantero o las bases de las lámparas de piedra que recorrían e iluminaban los distintos caminos del recinto, o en esculturas. Su representación ha variado según la época, pero siempre se ha ideado de forma atractiva, portando lanza y el cabello largo, suelto o a duras penas recogido con un cordel rojo. La gran estatua del pabellón principal estaba realizada en madera de roble, alcanzaba los nueve metros y mostraba al dios ricamente tallado y decorado a base de dorados y detalles de piedras preciosas en un aspecto joven, armado con lanza y a lomos de un tigre con mueca triste, ceño caído y unos ojos de los que, aun siendo de madera, parecía brotar agua. El rostro del dios inspiraba calma, pero la presencia del tigre y el arma provocaban temor. Dios de las muchas tristezas, dictaminaba el lema de la base. No obstante, el dios no despreciaba ningún deseo venido de aquel que creyera bondadoso y merecedor sin necesidad de la presencia de tristezas azules anidadas en el corazón. Así lo predicaban los sacerdotes de la orden y, así, un niño que buscaba suerte en el examen de acceso le lanzaba una moneda, una anciana que pedía un buen parto para su nieta hacía sonar la campana, el pescadero del final de la calle se adentraba por los torii para desear que la verdulera de enfrente correspondiera su amor, incluso una noche el agua de abluciones se tiñó de rojo en un intento de un joven yakuza de enmendar su error y mantener su salvación.

El camino a casa distaba mucho del que recorría el chico cuando era pequeño. Varias casas estaban en plena demolición, había descampados con carteles llenos de vívidos colores y dibujos de constructores con sonrisas pintadas que proclamaban próxima construcción entre signos de alegre exclamación que diferían mucho de los hombres que se adentraban entre las vallas y cortinajes con rostros oscuros más propios de mafiosos que de obreros y arquitectos. Otras parcelas contenían ruinas. Ruinas de toda una vida. Recuerdos, sentimientos, vivencias y sueños se encontraban moribundos entre los escombros, con sus extremidades atrapadas bajo grandes losas de cemento y vigas, miraban al cielo en un anhelo de ser liberados y poder volar hacia lo más alto, hacia allá donde nacen las estrellas.

Takehiko se quedó mirando uno de esos recuerdos atrapados a un lado de la calle mientras esperaban a que el semáforo les diera paso. Una foto asomaba entre ropa y piedras. Una familia feliz de colores descoloridos, pero de sonrisas perpetuas. Unos padres contentos sostienen a un niño que ríe mientras abraza a un gran perro blanco. Una pequeña felicidad encapsulada que provocaba miles de dudas en la mente del chico: qué habrá sido de ellos…, ¿seguirán felices allá donde estén? El semáforo se puso en verde, lo advirtió por el leve toque de su tío en la mano. “Realmente, todo pasado fue mejor”, pensó.

–El otro día demolieron la casa de la señora Nahara. No tardaron ni dos días desde su muerte. Sus hijos enseguida la vendieron, antes incluso de que su madre falleciera. Ni siquiera sacaron sus cosas, ¡Ni una foto ni nada! Está claro que solo querían dinero.

El tío no paraba de hablar en un intento de impedir que el silencio se instalase entre ambos durante el largo camino a casa. El chico, que había cumplido dieciocho años el pasado marzo, no había abierto la boca durante todo el camino. Con la caja con las cenizas apañada en una tela blanca apretada contra el pecho, se limitaba a seguir los pasos de su tío Haruto.

–Tío…, ¿qué hacemos con eso…? –Takehiko había encontrado las fuerzas suficientes como para poder preguntar.

–¿Con qué?

–La orden de demolición –apretó más fuerte aún la urna contra sí, notando todas las curvas del bordado sello familiar sobre su piel.

–Pues recurrirla. Ya oíste al señor Yamada, al templo no le pasa nada.

Takehiko hablaba de la orden dada por el alcalde de la ciudad con el fin de demoler el templo y la casa de la familia Nobuoki que había aparecido pegada a la puerta el día anterior. Varias semanas antes de la repentina muerte del cabeza de familia, Hanzō Nobuoki, el alcalde se presentó con toda una corte de ingenieros y periodistas afines. Dio una breve charla acerca de la importancia de la seguridad y procedió a meterse por todos los rincones del hogar y el templo sin que ninguno de los tres pudiesen hacer nada y ante la exasperación del tío, que tuvo que ser parado varias veces por su hermano en sus intentos de comenzar una pelea y sacarlos a todos de allí.

–Somos sacerdotes, servimos al dios, no puedes perder las maneras, ni siquiera ante la más ruín de las personas ni la más grande de las injusticias –Hanzō le cortó cuando Haruto estaba a punto de insultar al alcalde.

Hanzō siempre fue un niño independiente de carácter tranquilo que supo asimilar su destino como sacerdote desde el primer momento. Sin dejar de lado las funciones de hermano mayor, acató todas las tareas y aprendizajes que su padre le mandó y enseñó en vistas de su futuro como responsable del templo y el cuidado del dios residente. Era normal ver al pequeño ataviado con las ropas blancas detrás del padre en cada una de las ceremonias, en silencio y contemplando cada uno de los pasos de su predecesor. Desde bodas hasta funerales, desde las festividades de año nuevo, de la luna de la cosecha o del nacimiento del dios hasta, incluso, los rituales de exorcismo. Todas las ceremonias eran oficiadas por el veterano Tōya Nobuoki y su pequeña sombra. Pero también era normal ver al pequeño camino del colegio llevando a sus dos hermanos pegados a la espalda mientras leía, recitaba y memorizaba los salmos.

–¿Veis? toc, toc. Podrido –el alcalde no paraba de ir de un sitio a otro golpeando las maderas y señalando la más mínima grieta y desperfecto.

–¿Y todo eso no se puede reparar, alcalde? –preguntó uno de los periodistas a su espalda.

–¿Reparar? Es una mina de peligrosa inseguridad, habría que tirarlo todo y hacerlo de nuevo, pero para qué hacerlo si a este templo hace mucho que no viene nadie. ¡Ya habéis visto! Llevamos aquí casi una hora y no ha venido ni una misera vieja a echar una moneda y mover la campana, o unos niñatos de esos que se ponen a jugar al escondite entre las columnas de los templos. ¡Nadie!

–Cómo lo van a hacer si tu culo gordo ocupa medio patio y la otra mitad está atestada con toda la gente que te has traído –Haruto saltó y Hanzō no solo no le contuvo, sino que, incluso, permitió que la risa se desprendiera de entre sus labios, una risa que contagió a varias de las personas del cortejo que se agolpaba en torno a ellos.

–¡Será posible! Además son unos irrespetuosos –la cara del alcalde adquirió una tonalidad cada vez más roja, y su sudor comenzó a caer como riachuelos creando grandes manchas en su ropa–. Os lo digo ya: id buscando una nueva casa porque es cuestión de tiempo. ¡Vámonos! –Dio media vuelta mientras murmuraba insultos y toda la muchedumbre siguió el ritmo de sus sonoros pasos.

–Haruto…

–¡Pero si te has reído!

–Pero eso no significa que debieras –Hanzō se descalzó y se adentró en la casa rascando su cabeza rapada de forma preocupada.

–¿Estás nervioso por eso que ha dicho? Lo de que está todo en mal estado y que harán que lo demuelan –Haruto seguía de cerca a su hermano hasta que este se sentó en el suelo del comedor y comenzó a darse masajes a base de pequeños golpes–. Yo no creo que esto esté en mal estado. Papá y todos sus predecesores se ocuparon de que el templo nunca llegase a estarlo; cada vez que había algo que debía ser reparado se hacía. Tú no has sido menos que ellos.

–No te preocupes, yo tampoco pienso que sea inseguro ni esté en mal estado. Dentro de poco comienza todo el ajetreo político, creo que el alcalde solo intenta aparentar que hace cosas por el bien de todos, y de ahí lo de la seguridad. Mañana llamaré a Yamada.

–Te lo digo yo, que soy arquitecto: a este sitio no le pasa nada.

El señor Yamada era un tipo larguirucho y extrovertido, llevaba gafas de cristal grueso y estaba casi calvo, pero todos fingían que no veían la calva entre los cuatro pelos de la cortinilla con la que se peinaba. Se crio en el barrio y fue compañero de Hanzō hasta la preparatoria. Estudió arquitectura en la universidad de Tokio y trabajó durante mucho tiempo en una compañía importante, pero con la Gran Burbuja su empresa cayó sin poder remontar, y desde entonces había ido de un trabajo pequeño a otro. “Lo hago porque me gusta mi carrera, tengo dinero de sobra como para vivir bien hasta que me muera con lo que ahorré durante todos esos años en la empresa, pero si no mantengo la mente entretenida pierdo todos los conocimientos” solía decir. Y lo cierto es que era verdad. Se casó con la hija de un gran empresario, y con el dinero de ella y el que fue ahorrando de su trabajo pudieron no solo costear la mejor educación de su hijo, sino también una casa en uno de los mejores barrios.

Era un referente en el sector y esos pequeños trabajos consistían más bien en ayudar a amigos. Todo el mundo en el barrio le conocía y siempre acudían a él, incluso para las cosas más pequeñas y absurdas que poco tenían que ver con su campo. Una vez, la dueña de la antigua pescadería, la señora Ishida, le hizo ir a su casa a ver una humedad que había salido en una de las esquinas del baño. No quería saber si podía deberse a alguna fuga, ni que valorase si la estructura de madera corría peligro. No, la señora Ishida se encontraba bastante preocupada por encontrar a alguien que le dijera porqué esa mancha de humedad tenía la cara de Jesús, si ella era budista.

–Te lo dije, al templo no le pasa nada, es ese soplagaitas del alcalde. Si me hubieras dejado echarle desde el principio no haría falta preocuparse de nada de esa orden de demolición –Haruto se aproximó a la mesa, apartó uno de los cojines con el pie y se dejó caer sobre el tatami.

–¿Orden de demolición?

El señor Yamada acababa de dar una vuelta por el santuario y la casa junto a los hermanos en busca de posibles daños estructurales y ahora se encontraban los tres bebiendo té en la mesa del salón con las puertas correderas descorridas.

–El otro día, cuando vino el alcalde y todo su grupo de palmeros, empezó a recorrer cada rincón y a decir que este no era un lugar seguro para el barrio, ¿te lo puedes creer? Y entonces nos salió con eso de la demolición.

–¿Esto inseguro? Eso es una estupidez –dijo Yamada mientras se aseguraba de que los escasos pelos que tapaban su evidente calva no se hubieran movido al sentarse en el suelo–. Si este templo lleva siglos sin tener grandes problemas estructurales, y en cuanto ha surgido algo siempre se ha reparado rápido. Si incluso cuando la guerra, lo único que hubo que reparar fue una esquina del tejado. Además, hace poco reformasteis la casa, si hubiera habido algo fuera de lugar que supusiera un peligro nos habríamos dado cuenta.

–¿Verdad que sí? Eso mismo dije yo –Haruto se sentía respaldado y eso le acrecentó su deseo de guerra contra la injusticia.

–Todo esto me huele a pescado muerto –Yamada tomó un sorbo del té y dejó ir el aliento.

–Hanzō dijo que se aproximan las elecciones y que por eso sale ahora de su madriguera a aparentar que se preocupa del pueblo y su seguridad –Haruto y el señor Yamada continuaban hablando sin percatarse de que Hanzō no había probado siquiera el té.

–Eso tendría sentido, y espero que sea así, pero es algo raro. ¿Por qué querría demoler un templo que sabe que está en buen estado y que no supone un peligro? ¿Es que acaso tenéis un tesoro bajo el ginkgo? –Rio.

Takehiko escuchaba desde el pasillo con la mirada baja mientras jugaba a pisarse sus propios pies. Primero uno, luego el otro y repetir. Una extraña sensación le recorrió la mente. Sentía que aquella escena en la que se encontraba suponía el momento final de una etapa y el principio de otra, pero no lograba descifrar mucho más, y eso le provocó un vértigo fugaz.

Mientras las hojas del centenario ginkgo que se alzaba en el centro del complejo se adentraban en la casa como pequeñas mariposas de un amarillo pardo que revoloteaban entre el pasado y el presente, Hanzō se perdía en el vacío del ruido blanco que generaba sus pensamientos. Levantó la vista y recorrió las fotografías y retratos de todos los predecesores que colgaban en la pared del salón; sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos, …, todo un linaje que se remontaba hasta el 1500 y parecía ahora estar en sus peores momentos. No quedaba mucho para que el otoño llegase, Hanzō sintió el helor en sus dedos y alcanzó la taza de té.

–Sin embargo, hay algo en lo que sí tiene razón el alcalde –Hanzō logró poner sus pensamiento en orden y participar–, y es que hace ya mucho que el número de personas que vienen es escaso. La mayoría de las personas que venían aquí cuando padre era sacerdote han muerto o se han mudado lejos y, aunque debería de haber más gente por la construcción de bloques de edificios, pocos vienen. Seguramente desconocen nuestra existencia, pertenecen a otras religiones o, simplemente, la mentalidad de la sociedad ha avanzado sin nosotros.

Tenía razón, cuando los hermanos eran niños todo el barrio iba asiduamente al templo. Todas las semanas había celebraciones, todos los días los niños recibían caprichos de los ancianos y tenderos que se encontraban en sus viajes de ida y vuelta del colegio. La familia Nobuoki era realmente querida y todo el barrio se conocía y apoyaba entre sí. Pero los tiempos cambian, lo hacen las creencias, la gente y el ambiente. Pocos tienen ya tiempo para rezar. La era de los dioses hace tiempo que pasó.

* * *

Cuando llegaron a casa ya era entrada la noche. Se descalzaron y se deslizaron hacia el interior. El chico depositó las cenizas en el altar e hizo sonar el timbre del cuenco. Ambos se arrodillaron, encendieron incienso y rezaron. Cuando terminaron, el tío le preguntó a su sobrino qué iba a querer cenar, pero Takehiko estaba tan desganado que se acostó pronto y sin comer nada. A la mañana siguiente tenía que madrugar e ir a la universidad porque, aunque su padre ya no estuviera y pesase sobre su hogar una orden de destrucción, había cosas que no se paraban ni esperaban a que uno estuviese mejor.

Takehiko se despertó a las tres de la madrugada bañado en sudor después de sufrir un sueño de ansiedad. Desde pocos días antes de cumplir los dieciocho, estos sueños se habían convertido en recurrentes, sobre todo, uno en concreto en el que un ser con una gran cabeza de tigre comenzaba a seguirle por un patio columnado de un templo mientras le señalaba, haciendo sonar los cascabeles que llevaba atados en la muñeca. Pasó las manos por la frente despeinando el mojado flequillo, arrojó las sábanas y se levantó con dolor en la garganta. Decidió bajar a la cocina a por agua y dar una vuelta por la casa. Había aprendido que tras uno de estos sustos de ansiedad tardaba bastante en conciliar el sueño nuevamente, y pasear a oscuras sabiendo que todo estaba tranquilo y bien, le calmaba el ritmo cardíaco más rápidamente.

Pasó junto a la habitación de su tío, la única que daba al templo, y se asomó por la rendija de la puerta entreabierta. Normalmente aquella puerta estaba siempre cerrada, pero aquella noche había decidido dejarla abierta por si su sobrino le necesitaba. Era una habitación propia de un treintañero desilusionado con la vida, la misma que le había pertenecido desde el primer momento en que llegó del hospital tras nacer. Takehiko se asomó y observó la habitación iluminada por la televisión encendida. La luz azul era pálida y, al igual que la luz de la luna, solo te permitía diferenciar las cosas una vez alcanzaban el rabillo del ojo. Una pila de revistas, una cajetilla de tabaco vacía y otra a mitad, restos de envases de bebidas y de ramen, mangas de humor llenaban los estantes, papeles arrugados y otros garabateados sobre la pequeña mesa, varias montañas de películas y en medio de la habitación, el tío, vestido todavía con el traje del crematorio, sus pelos desordenados y la perilla sin afeitar de una semana. “Sigue siendo un adolescente”, se dijo Takehiko, aunque cuando él nació su tío tendría casi la misma edad que tenía él ahora y nunca llegó a conocer aquella faceta del chico tintado de rubio que estampó una moto contra el gran torii del templo.

Justo en el preciso instante en el que Takehiko decidió continuar su ronda nocturna y dejar atrás a su tío, vio por el rabillo del ojo un pequeño brillo que caía como una estrella fugaz. Volvió la vista y en un momento en el que el programa de parejas cómicas puesto en la televisión alcanzó su máximo brillo, pudo ver como de los ojos cerrados de Haruto caían, sin que pudiese evitarlo, miles de estrellas. Había estado llorando todo el tiempo. Takehiko sintió una punzada. Un diablillo de esos cuentos que le contaba su padre cuando era niño estaba atando nudos en sus cuerdas vocales y ahora le dolía toda la mandíbula. Se dio cuenta de que nunca se había preocupado por los sentimientos de su tío, siempre había pensado que su corazón era inexpugnable, tan descarado y sonriente, juraría que no necesitaba a nadie. Ahora se daba cuenta que era por la noche cuando liberaba toda el agua que le ahogaba durante el día.

–Mis sueños de ansiedad, sus suspiros de tristeza –murmuró Takehiko mientras se arrastraba nuevamente por el pasillo.

Llegó a la cocina, cogió un vaso del fregadero y lo llenó de agua del grifo. Se bebió el vaso de un trago, parecía tener miedo a parar y que los pensamientos entrasen en lugar del agua. Cuando terminó, se quedó un rato apoyado en la piedra con el vaso en la mano mientras su mirada se deshacía en la oscuridad de la habitación. Dejó el vaso y, como guiado por alguien invisible, llegó al salón, cogió la caja de la urna envuelta en la tela y la desarmó. Quería sentirla cerca, lo más cerca posible. Sacó la urna de la caja y se la aproximó al pecho. Sus latidos sintieron el frío de la porcelana, o quizás era el frío de la muerte, poco entendía en ese momento. La abrazó fuerte contra sí en un intento de fundirla en su corazón y, sin un único pensamiento en su cabeza, comenzó a llorar mientras caía lentamente hasta quedar sentado sobre sus piernas. Mientras intentaba fundirse con la urna en un intento de mantener el recuerdo de su padre en su interior, deseó que el dios que residía allí deshiciera el tiempo y le devolviera a la vida.

«La muerte no es algo que sucede al final, sino que es parte del camino; está aquí con nosotros tomando el té».

Takehiko paró el llanto en seco. Esa voz había sonado de verdad, no había sido su imaginación, no había sido el recuerdo de una frase pasada de su padre, tampoco la ilusión auditiva creada por el ruido blanco del silencio roto por los entre aires de sus gritos ahogados. Esa voz no era nueva, le recordaba a la niñez, pero no era su tío y no podía ser nadie más. Aterrado, y con la tristeza olvidada, giró lentamente el rostro hacia el punto de donde había surgido la voz.

Algo así dijo un maestro budista.

Acuclillado junto a él, un ser con una gran cabeza de tigre le miraba fijamente mientras deslizaba palabras por la ranura de su boca entreabierta llena de afilados dientes blancos. Takehiko se asustó tanto, que dejó ir un alarido a la vez que la urna, golpeando el suelo y desparramando todas las cenizas, tintando la madera de gris. Él estaba tirado en el suelo, su difunto padre en todas partes y aquel ser era real, estaba ahí, igual que en sus sueños, con la misma cabeza de tigre, el kimono blanco y celeste de sacerdote y los cascabeles atados a la muñeca.

¿Puedes verme? –El tigre se levantó imponente, ladeó la amenazante cabeza mientras mantenía la mirada fija en el terror de Takehiko y sonaron los cascabeles.

Más textos de este autor:

Respuestas

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Logo Comunidad Quaterni
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.